Lola Hurtado. Óleo.


martes, 3 de abril de 2012

Una mariposa en el coche de Murray Stein



Navegar por internet no debe de ser tan distinto de una improvisada excursión en metro por una ciudad con kilómetros de túneles. Te subes a un vagón en dirección norte y en cualquier momento te apeas, haces transbordo y ya vas dirección este, para al poco rato, volver a enlazar con otra línea que te lleva al sur o al oeste, o al fin del mundo. Y así indefinidamente, dando saltos en un mismo viaje: en una misma sesión.

         Es lo que nos ocurre cuando subimos a una página web y enlazamos con otra y con otra, a lomos de ratón, sin detenernos demasiado en ninguna, hasta que nos apeamos en aquélla que, de pronto, comprendemos que era nuestro destino desconocido. Y al llegar es muy posible que uno ya no recuerde por dónde ha ido haciendo transbordos. Sólo sabe que ha llegado la hora de quedarse quieto y poner más atención.

         Esto es lo que me ocurrió el día en que llegué a una estación llamada “Murray Stein”, en la que nunca me había bajado. No sé cómo empezó aquel viaje, pero al instante decidí tomarme el tiempo que hiciera falta. Valió la pena.

                                          
                                            
         Murray Stein es psicólogo, de la rama de los discípulos de Jung (este dato es importante, como se verá), escritor y conferenciante. Estudió en las universidades de Yale y Chicago, y  en el Instituto Carl G. Jung de Zurich. Ha sido Presidente de la Asociación Internacional de Psicoterapia Analítica. Dos de sus libros más conocidos son: “Principio de individuación” y el “Mapa del alma de Jung”. Ambos títulos están traducidos al castellano y no hacen más que confirmar la estrecha relación de este hombre con la obra de Jung. Es interesante saber cómo surgió este vínculo.

         A los 24 años Stein estudiaba Historia. La psicología no contaba apenas para él. Un día, a lo largo de una conversación sobre la propensión a la agresividad del género humano, alguien mencionó la teoría de la sombra de Jung .No sabía nada de él, por eso al día siguiente fue a una librería y sólo encontró un libro : “Recuerdos, sueños, pensamientos”, sus memorias. Y la vida de Murray Stein dio un giro definitivo:

         Desde que empecé a leer aquel libro,mi vida cambió definitivamente. Supe que la psicología de Jung era para mí.

         Creo que momentos como éste son escasos en nuestras vidas. Puede ser que en algunas ni lleguen a darse. Antoni Pascual (ver “Enlaces de interés”) los llamaba “sueño despierto” y muestran un momento de gran energía al descubrir un camino (una relación, una profesión, unos estudios, un lugar…) que se nos ofrece, casi como si nos estuviera esperando, y en el que deseamos con una convicción especial adentrarnos. Pese a las dificultades que a lo largo de ese camino se presentarán inevitablemente, es una experiencia que inyecta una fuerza y un sentido muy notables a nuestra existencia. Vuelvo a Stein después de esta digresión.

         A raíz del descubrimiento de Jung reorientó su formación. Estudió Psicología en Zurich y después en Chicago. Había en él la dimensión del sanador (su nueva profesión), pero también la del hombre de cultura (sus estudios iniciales). Y ésta era precisamente la combinación de la obra junguiana: mente y espíritu, ambas reunidas esencialmente en todo ser humano.

         Se convirtió, pues, en terapeuta y el vínculo con sus pacientes, a lo largo de muchos años, le fue confirmando que lo real discurre a menudo por la frontera de mundos distintos: el ego y el inconsciente; los hechos con causa conocida y los hechos sin causa aparente; la visión científica del mundo y la visión espiritual. Esta era su vida como analista junguiano.

         Y de ese límite de la realidad en que los hechos a veces nos desbordan, nos conmueven, nos piden amplitud si no queremos desperdiciarlos, Stein ha querido dejarnos unas historias de mariposas acaecidas en su propia vida. El mismo Murray Stein nos las va a contar.


                                       

Ella se llamaba Magda. Murió a los ochenta años. Los diez  precedentes iba siempre en silla de ruedas. Yo la visitaba en su casa algunas veces. En  los cinco años anteriores a esta situación, ella había acudido regularmente a mi consulta. Un día, cuando ya había perdido su capacidad de andar, me había dicho: “Cuando me muera y llegue al cielo, lo primero que haré será ponerme de pie y bailar”.

         Al funeral fui con mi esposa, y cuando conducía  de regreso noté que algo volaba y se removía en el cristal de la parte de atrás del coche. Ella se giró y dijo: “Es una mariposa”. Abrimos las ventanas para que se fuera, pero no se iba. Llegamos a casa casi de noche. Mi esposa intentó de nuevo que saliera del coche, pero el pequeño insecto marrón decidió quedarse  en la palma de su mano. Así  anduvimos por la calle, buscando la luz de las farolas para poder ver mejor a la mariposa. De repente, inició un vuelo, se posó en la acera y comenzó a bailar, enérgicamente, trazando círculos y saltando de uno a otro de nuestros pies.

         Ya hacía rato que llamábamos Magda  a nuestra mariposa.

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Esta otra mujer también se había analizado conmigo durante muchos años. Luchó contra un cáncer, con cierto éxito durante bastante tiempo, pero al final murió. En sus últimos años mantuvo una relación muy intensa con su psique. Sus sueños y su imaginación activa le habían proporcionado un gran coraje para asumir su muerte, y también la seguridad de estar siendo acompañada por una presencia que la confortaba mucho más que cualquier presencia humana. Ella había sido una de las personas más despiertas y vitales que yo había conocido.

         Dos semanas después del entierro, su hija me llamó para explicarme esta historia. Una amiga de toda la vida de su madre, que vivía en Suecia, la había telefoneado para decirle que acababa de recibir la carta en que le comunicaban el reciente fallecimiento de su amiga. Y sucedió que, cuando estaba sentada en su jardín, leyendo la carta, una preciosa mariposa se posó sobre el papel . Ella no entendía por qué había escogido precisamente un lugar tan minúsculo. Entonces la mariposa voló hasta su brazo y allí se quedó unos cuantos minutos más. De pronto, la mujer se dio cuenta de lo que estaba pasando: “¡Era tu madre, estoy segura!”, gritó a través del teléfono. “¡Tan alegre, tan bonita, tan viva! Igual que tu madre.”
         Y ciertamente estos eran los rasgos más característicos de aquella mujer tan especial.

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Cuando se toca y se comparte lo más hondo del ser humano, vemos que un cierto tipo de relación se va creando entre analista y analizando. Dos personas en un mismo espacio sutil y sagrado, lo cual va más allá de la habitual relación médico-paciente. Es un vínculo que une recíprocamente nuestros corazones y trasciende nuestros egos. Un lugar mágico donde no son raras las sincronías.




         

martes, 27 de marzo de 2012

Petrarca: humanista y alpinista.




Era tanto el amor de Petrarca por los libros, que el día que acometió la proeza de escalar el Mont Ventoux, llevaba en su bolsillo uno de tamaño muy reducido, “pero de infinita dulzura”, en palabras suyas, y se puso a leerlo al alcanzar la cima.

         Este hecho, que él mismo narró con gran detalle en una carta a su amigo Dionigi da Borgo San Sepolcro, y del que vamos a ocuparnos en este texto, ocurrió el 26 de abril de 1336, cuando tenía 32 años; aún viviría 38 más. Hasta ese día, la vida de aquel hombre nacido en Arezzo el 20 de julio de 1304 ,y crecido cerca de Avignon, ya había mostrado las líneas maestras de lo que sería su existencia. Sin embrago, algo esencial aún tenía que ocurrir .

         La juventud del que sería uno de los más influyentes poetas de la historia de la literatura, y ejemplo máximo de humanista, había transcurrido en la Provenza. Allí Francesco Petrarca conoció bien la poesía que habían inventado los trovadores, y debió de sacar muy buena nota en su educación sentimental de la mano de aquellos enamorados de damas imposibles, a las que, a pesar de todo, amaban con pasión, trataban con delicadeza y poetizaban sin descanso. El amor cortés. ¡Cómo llegaría Petrarca a recrearlo!

         Mas otro tipo de amor le había comenzado a poseer y nunca le abandonaría: el que profesó por los libros en general y por la literatura clásica latina en particular. Sin embargo, su padre le envió muy joven a estudiar leyes en Montpellier y después en Bolonia. El padre no quería saber nada del hechizo que aquellos libros ejercían sobre su hijo y un día llegó incluso a quemarlos. Petrarca, según se cuenta, salió corriendo hacia la hoguera para rescatar cuanto fuera posible.
                                                                 
         En el 1326 murió el padre y Petrarca regresó a Avignon. Un año más tarde, el Viernes Santo, ocurrió un hecho inesperado y trascendental. Y fue que vio por primera vez a una dama, llamada Laura, y ese día la historia de la poesía comenzó a cambiar. También comenzó a cambiar Petrarca, claro está, que se enamoró hondamente de ella, casi con seguridad ya casada, a la que vio pocas veces más y siempre de manera fortuita. Poco importó que no fuera correspondido. El impacto sentimental debió de ser indescriptible, y a nuestros ojos, de otro mundo. A  partir de aquel día no dejó de escribir (en italiano, que no en latín como el resto de su obra) centenares de composiciones dedicadas a Laura, de una penetración psicológica y precisión en la palabra tan originales en su momento, que crearon una escuela poética de gran influencia en toda Europa: el petrarquismo.
               
                                           
Dejo aquí unos versos del soneto 18 (en traducción de  Atilio Pentimalli):

                     Cuando todo estoy vuelto hacia aquel sitio
                   donde brilla la bella faz de mi señora,
                   y me ha quedado en el pensamiento la luz
                   que adentro poco a poco me arde y me consume;

                     yo, que  temo que el corazón se me rompa
                   y veo cercano el concluir de mi luz,
                   me marcho, como un ciego, sin luz,
                   que no sabe dónde va y sin embargo parte.

         ¿Adónde partió Petrarca con aquella inundación de amor que no cesaba? En varias direcciones. Hacia el pasado, sin duda. La cultura clásica, que la Edad Media poco había apreciado, fue uno de sus motivos de vida. El estudio de Cicerón, Virgilio, Tito Livio y tantos otros; los viajes por Europa recuperando manuscritos de estos y otros autores; la creación de una importante biblioteca personal que acabó donando a la ciudad de Venecia; en fin, la tarea de traer al presente la riqueza de un pasado eclipsado durante siglos, tarea que conocemos hoy como Humanismo y que formó parte esencial del Renacimiento.

         También partió Petrarca hacia una casa cercana a Avignon, en Vauclus (valle cerrado), donde se abismó en sus estudios, en la escritura de obras en prosa y en verso, en latín, y en la prolongación del retrato poético de su amor por Laura, que hoy se conoce como “Cancionero”.

                                 

         Y un día partió a la conquista de la cima de un gigante de casi 2000 metros de altura: el Mont Ventoux.  Hoy es especialmente conocido como el final de muchas etapas ciclistas del Tour de Francia, pero en siglo XIV, nadie (o casi nadie) se había atrevido a emprender la subida, ni nadie parecía tener motivos para arriesgarse a tal empresa. ¿Por qué Petrarca  se empeñó en hacerlo?

         Decía al principio que todo lo relacionado con esta insólita iniciativa de 1336 lo dejó escrito en una larga carta a un amigo, que comenzó a redactar la misma noche en que regresó de la ascensión. En su escrito, este hombre de 32 años, dedicado al estudio y a la poesía, enamorado de una imposible dama, aunque en 1330 había tomado las órdenes menores eclesiásticas, nos explica que su deseo era llegar a la cima para contemplar el formidable y vastísimo paisaje que desde ella se podría descubrir. Era la gran montaña de la zona en que se había criado y siempre  la había tenido ante sus ojos. Mas un hecho muy literario, muy propio de su devoción por los autores clásicos, le había animado definitivamente: la lectura de la Historia de Roma de Tito Livio, quien explicaba  que Filipo, rey de Macedonia, había escalado el monte Hemo en Tesalia, atraído por el rumor de que desde su cumbre se podían divisar dos mares: el Adriático y el Euxino. El embrujo de la naturaleza sumado al de la cultura decidieron  a Petrarca a  acometer la conquista de la montaña. Le acompañaron su hermano pequeño y  dos criados.

         Al comenzar el intento un pastor intentó disuadirles. Fue en vano. La ilusión por llegar a un lugar vedado al ojo humano era más fuerte que el desafío de aquella mole rocosa. Crestas, valles, rocas, zarzas…Petrarca buscaba entre todo ello el camino más accesible. Retrocedía, hallaba otro atajo, perdía el paso de su hermano, se reencontraban más tarde, y mientras tanto se hablaba a sí mismo:

         Debes saber que lo que hoy te ha sucedido tantas veces en la ascensión de este monte os ocurre a ti y a otros muchos en el camino de tu viva bienaventurada.
         La vida que llamamos bienaventurada está situada en un lugar elevado; la senda que a ella conduce es angosta, según dicen.

         Finalmente llegó a la cumbre soñada. El espectáculo, descrito por él mismo, era impresionante. A sus pies, las nubes. Dirigiendo la vista a Italia, aparecían los Alpes. Hacia occidente, los montes de Lyon; a la izquierda, el mar de Marsella; frente a ellos, el río Ródano. Petrarca admiraba todos los detalles desde aquel espacio de soledad.

                            

         Fue entonces cuando abrió al azar el librito que siempre le acompañaba: las “Confesiones” de San Agustín, regalo del amigo a quien escribíó la carta con este relato, y en la que quiso recalcar que “a Dios pongo por testigo, y también a mi hermano –que se hallaba presente, porque esperaba con interés oír a Agustín hablar por mi boca-, de que las primeras líneas que vi decían”:

            Los hombres viajan para admirar la altura de los montes, las grandes olas del mar, las anchurosas corrientes de los ríos, la latitud inmensa del océano, el curso de los astros, y se olvidan de lo mucho de admirable que hay en sí mismos.

            Petrarca se quedó atónito y guardó silencio. Emprendieron el camino de regreso, pero nadie le oyó decir ni una sola palabra.

         No podía creer que se tratara de un suceso fortuito, sino que pensaba que lo que allí había leído se había dicho únicamente para mí.

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         Francesco Petrarca  se consagró al estudio y a la escritura. Su visión de la cultura no apuntaba a una simple acumulación de conocimientos, sino que aspiraba a la sabiduría. Es, sin duda, uno de los padres del Humanismo: la visión del ser humano como centro del mundo. El traje mental que la Edad Media había reservado al hombre, le vestía para una vida de cumplimiento de la voluntad divina, como tarea principal de sus días. El Humanismo fue clausurando esa época, fue desgarrando las costuras de ese traje ya demasiado estrecho y, con Dios o sin Dios, nos propuso descubrir qué era el ser humano, en toda su amplitud. 

         Algunos estudiosos creen que aquel hecho del Mont Ventoux fue un decisivo impulso para el nacimiento de esta visión de la existencia. Hay quien cree, incluso, que aquel día comenzó, simbólicamente, el Renacimiento, dada la influencia histórica de Petrarca. Bien es cierto también que algún otro biógrafo optó por bautizarle, a raíz de la conquista de la montaña, como “el primer alpinista moderno”. De lo que no cabe duda es de que el hombre que bajó de la gran montaña no era el mismo que la había subido.

         Un día le quisieron confiar un cargo eclesiástico que implicaba dedicarse por completo a una parroquia. Petrarca rechazó el ofrecimiento y dijo: “Bastante quehacer me da mi propia alma”.



miércoles, 14 de marzo de 2012

A pesar de todo, Viktor Frankl hablaba a su esposa



Cuando Viktor Frankl  murió en 1997 en Viena, la misma ciudad en la que había nacido 92 años antes, no hacía más que 11 meses que había impartido su última clase en la Universidad. Su energía para comunicar cuanto había descubierto con su propia vida y con sus investigaciones parecía inagotable.

         Y es que ciertamente Frankl tuvo mucho que decir y fue ampliamente escuchado. Este neurólogo y psiquiatra vienés escribió 26 libros, que han sido traducidos a 18 idiomas. De uno de ellos (“El hombre en busca de sentido”) se  llevan vendidos diez millones de ejemplares. Fue nombrado doctor honoris causa por 29 universidades del mundo entero. Durante 25 años, el profesor Frankl fue director de la Policlínica neurológica de Viena y ha sido estudiado en multitud de artículos, en multitud de lenguas, por sus aportaciones a la psicología. Estamos hablando del creador  de la logoterapia, considerada la tercera escuela vienesa de psicoterapia (las otras dos serían las fundadas por Freud y Adler).

Estos datos, que para muchos lectores son bastante conocidos,  no dan apenas idea de la gran aportación de Frankl al conocimiento del ser humano y a la superación de sus conflictos internos. Ni aun añadiendo datos como que el libro antes citado fue considerado por la Biblioteca del Congreso de Washington  uno de los diez títulos que más influencia han tenido en Estados Unidos, se puede comprender cabalmente la importancia de este hombre, que apuntó al sentido que cada uno logra encontrar para su vida como el elemento clave de cualquier existencia.

                           

         Pero hubo un momento en que Viktor Frankl estuvo a punto de quebrarse por completo, y nada de este inventario de hallazgos y reconocimientos hubiera podido existir. Es de este tiempo en la vida de Frankl, y de un hecho en apariencia muy pequeño, de lo que quiero hablar.

         Era el año 1938 y Austria había sido invadida por los nazis. Viktor Frankl tenía 33 años y ejercía como médico en Viena, en un consultorio privado que pronto tuvo que ser cerrado. A los médicos judíos, y él lo era, se les prohibió atender a pacientes que no fueran judíos. La amenaza se acercaba inevitablemente. Frankl consiguió un visado para marchar a Estados Unidos, pero sólo para él, no para su familia.  Precisamente entonces le fue ofrecida la dirección de un hospital de la comunidad cultural israelita de Viena, el Hospital Rostchild, y él la aceptó. Este hecho va a ser muy importante en esta historia.

 Estar al frente de dicha tarea le suponía, momentáneamente, protección para él y para su familia ante la posibilidad de ser deportados a un campo de concentración. Frankl decidió, pues, quedarse y dejó caducar su visado. Pero en el hospital ocurrió algo más. Conoció a  una enfermera, llamada Tilly Grosser, y en diciembre de 1941 contrajeron matrimonio. Poco tiempo después, la situación de los judíos de Viena fue empeorando. El hospital fue clausurado, y la protección de médicos, enfermeras y familiares directos frente a la deportación se esfumó. Todo podía ocurrir, y en cualquier momento.

Así fue. En setiembre de 1942, Frankl, sus padres, su esposa y la abuela de ésta fueron obligados a acudir al “punto de reunión”, el lugar fatídico desde el que serían llevados a los trenes que conducían a la nada, es decir, a los campos de concentración. Frankl , al igual que los demás, tuvo que despedirse de casi todo. Sólo llevó consigo una maleta, que al llegar al campo desapareció, y el manuscrito de  la obra que había acabado de escribir con premura en los días anteriores: “Psicoanálisis y existencialismo”, que acabó corriendo la misma suerte. No fue esto lo peor.

El tren al que fueron obligados a subir no se sabía dónde les llevaba. Amontonados en grupos de 80 personas por vagón, algunos creían que iban a trabajar a una fábrica de municiones. Pero llegaron al campo de concentración de Auschwitz. Puestos en fila y ya custodiados por las SS, hombres y mujeres fueron separados. Frankl y su esposa  tuvieron que despedirse. Como tantos otros.

Lo que vino después es bien sabido hoy.1100 prisioneros hacinados en un barracón para 200. Varios días con un trozo de pan. Cualquier cosa de valor (anillos de casado, relojes, agujas de corbata…) acababan en las manos de los guardianes. Había que quitárselo todo para enfundarse el traje del campo, y en 2 minutos; después llegaban los latigazos. Cabezas rasuradas, dormir sobre los tablones de las literas y varios hombres en cada una… Viktor Frankl lo resumía diciendo que “lo único que poseían era la existencia desnuda”.

Mas no para todos fue así. Esta era la vida que esperaba a los que desde la llegada del tren fueron enviados en una dirección  del campo. Muchos otros fueron enviados a un edificio con un rótulo: “Baño”. Incluso se les daba una pastilla de jabón al entrar. De sus duchas, como es sabido, no salía agua. Así funcionaban los crematorios.

 Para los que habían salvado aquella primera selección, estaba esperándoles una vida en condiciones extremas. Temperaturas a 20 grados bajo cero, desnutrición, enfermedades frecuentes, trabajos durísimos al aire libre, insultos, golpes…Y algo más,algo casi peor: la ausencia de noticias de los familiares. En el caso de Frankl , eran sus padres, y era su joven esposa Tilly. ¿Cómo sobrellevar todo aquello?

Viktor Frankl lo cuenta en su libro “El hombre en busca de sentido”. Éstas son sus palabras:

Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro, cada uno pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana, que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad —aunque sea sólo momentáneamente —si contempla al ser querido.

En este punto hay que anotar que, de su amada esposa, Viktor Frankl se había despedido dramáticamente, al ser separados nada más llegar a Auschwitz, con estas palabras: “Conserva la vida a cualquier precio, óyeme bien, a cualquier precio”. Frankl se adelantaba así a los terribles pensamientos, a las dudas fatales, a los remordimientos que podrían paralizar a Tilly si se veía obligada a prostituirse con un oficial de las SS.

                               

Un día, en uno de aquellos grises amaneceres, Frankl estaba cavando una trinchera y en voz muy baja le hablaba a su esposa. Pero se sentía acabado, sentía próxima su muerte, y entonces, hallando un resto de energía en su interior se preguntó si aquella existencia tenía algún sentido. Y de lo hondo de sí mismo oyó un “sí”. En aquel mismo instante, en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó fija en el horizonte oscuro.
Siguió golpeando el helado suelo, y siguió hablando con Tilly. El guardián soltaba sus insultos habituales y entonces algo nuevo, algo único, sucedió:

Volví a conversar con mi amada. La sentía presente a mi lado, cada vez con más fuerza y tuve la sensación de que sería capaz de tocarla, de que si extendía mi mano, cogería la suya. La sensación era terriblemente fuerte; ella estaba allí realmente. Y, entonces, en aquel mismo momento, un pájaro bajó volando y se posó justo frente a mí, sobre la tierra que había extraído de la zanja, y se me quedó mirando fijamente.

Viktor y Tilly no pudieron  reanudar su relación al final de la guerra. Ella, así como el resto de la familia, no sobrevivió al campo de concentración. No  se sabe cuándo murió.

El libro en que Frankl dejó escrito todo esto (“El hombre en busca de sentido”) llevaba un primer título: “Trotzdem ja zum Leben sagen”, que según nos aconseja el diccionario sería: “A pesar de todo, decir sí a la vida”.

Para llegar un día a tal conclusión, Viktor Frankl habló, a pesar de todo, a su querida esposa.


        

        
                                      

martes, 28 de febrero de 2012

Un año más tarde

Ella tendría unos 25 años; él, 30. Se conocieron en unas clases de yoga y se hicieron amigos; sólo amigos, que no es poco. Conversaron varias veces de cuanto les ocurría al uno y al otro, de lo mejor y de lo peor. Era todo muy fluido. Al llegar el verano fueron con un pequeño grupo a Mallorca. Los primeros días se alojaron todos en un piso de una mallorquina hospitalaria , en Palma.  Por las mañanas la gente dormía hasta tarde y luego les daba por la ceremonia del té o algo parecido. Menos ellos dos, que preferían tomarse un café y una ensaimada en un bar cercano. Siempre se sentaban a la misma mesa de la terraza, que casualmente siempre parecía esperarles . El resto de la estancia en la isla estuvo muy bien, pero no aporta nada especial a esta historia, cuyo acto central ocurrirá  tres meses después, en otoño.

         A principios de noviembre, cuando en Barcelona se celebra el Día de Todos los Santos comiendo castañas, boniatos y un dulce de mazapán llamado “panellets”, aquel mismo grupo de amigos del verano se volvió a reunir y entre todos prepararon una fiesta simpática, alegre, confiada.

         Unos diez días más tarde, ella comenzó a sentirse mal; tuvieron incluso que ingresarla. Parecía inconcebible, pero cada día estaba peor y no había manera de contener aquel asalto de la enfermedad. Se había detectado el mal, pero nadie sabía cómo pararlo. Cuando corrió la voz entre los amigos, ya estaba tan sólo medio consciente . Murió 24 días después de aquella fiesta a la que ella había llevado sonriente unos “panellets” hechos con sus propias manos.

         El impacto, el desconcierto, el dolor de la familia y de los amigos fue inmenso; no es difícil imaginarlo. Él había acudido a la clínica cuando su estado ya no permitía ninguna conversación. Pero la noche de su fallecimiento pudo, junto con un familiar, velarla durante unas horas.

         La gran pregunta sobre el más allá de aquella amiga desaparecida se instaló en su vida. Una noche tuvo un sueño vivísimo con ella. Estaba hermosa, serena. ¿Quién podía asegurar que el sueño fuera un mensaje? Lo cierto es que ella siempre estaba muy presente.

         En verano él volvió a Mallorca. Esta vez se instaló en casa de un amigo, pero no en la capital de la isla, Palma, sino en un pueblecito bastante alejado. Resultaba inevitable evocar la presencia de ella por aquellos lugares. Allí habían estado sólo un año antes. El amigo que le acogió también lo era de ella, así que el recuerdo se avivaba entre los dos.

         Llegó el último día de la semana de vacaciones. Él tenía que tomar un avión por la tarde. El pueblecito distaba unos 30 kilómetros de la capital y estaba mal comunicado. El amigo había tenido que partir a primera hora de la mañana con su coche, pero le había asegurado que en aquel paraje hacer auto-stop era fácil. Aunque él no lo veía claro, siguió el consejo. Al poco de intentarlo, para su sorpresa, una furgoneta se detuvo. Iba hasta Palma. Respiró aliviado y, por supuesto, le dijo al conductor que le daba igual en qué parte de la ciudad le dejara. En cualquier sitio  se espabilaría para llegar a la estación de autobuses que le trasladarían al aeropuerto.

         Fue un viaje simpático, el hombre era cordial, pero no podía desviarse ni una manzana de su recorrido habitual por la ciudad. Estaba trabajando y con cierta prisa; le llevaría adonde iba a descargar, que era una zona bastante céntrica. Él se perdió un poco cuando el vehículo comenzó a serpentear por una calle y por otra y por otra. Daba igual, la conexión con el aeropuerto estaba asegurada. Finalmente se detuvo. En aquel lugar ya se orientaría, le dijo el conductor. Aunque él no sabía muy bien dónde estaba, le dijo que seguro que sí, y que gracias, muchas gracias.

         Cuando se quedó en la acera con su bolsa y se giró, no se lo podía creer. De todos los metros cuadrados de aquella ciudad, la furgoneta le había dejado frente al que ocupaba precisamente aquella mesa de café en que ella y él se instalaban  las mañanas del verano anterior. Cómo no quedarse desconcertado, y emocionado,pero con una emoción que no sabía definir.

         ¿De qué estaba hecho aquel suceso? No podía llamarlo fantasía, ni menos sueño. Pero tampoco iba a llamarlo casualidad.

         Sin una palabra exacta, pero con una sonrisa interna que antes no había conocido, siguió su vida.

martes, 21 de febrero de 2012

“¡Ay, quién podrá sanarme!”


A aquel hombre le habían detenido, secuestrado, encerrado, borrado del mapa. Lo más increíble, para nuestra época, es que el motivo eran algunas diferencias de pensamiento, sólo algunas. Pero estamos en el siglo XVI, y los principios, sobre todo los religiosos, podían llegar a ser mucho más importantes que  el simple respeto a un ser humano.

         Le metieron en una mazmorra, y empezó su calvario. Muchos días, sólo pan y agua. A veces, una sardina. O media. Y aún peor, no tenía ropa para cambiarse. Los piojos le atormentaban. El recipiente donde hacía sus necesidades no siempre se lo retiraban. El mal olor era mareante. Apenas llegaba la ventilación o la luz a aquel agujero negro. Aunque no fuera lo peor, el trato podía llegar a ser de menosprecio y burla. Ni pensar en poder leer nada, como aquel hombre tenía por costumbre.

¿De qué forma pudo soportar tal crueldad durante ocho meses?

         Es importante que sepamos que era persona de gran vida interior. Religioso, sí, pero además con una intensa vida espiritual, pues una cosa y otra no siempre van unidas. Probablemente no erraremos si le imaginamos, en aquellos interminables días, semanas, meses de penurias y extrema soledad, cerrando los ojos y viviendo muy adentro de sí mismo otra vida secreta, libre, rica en compañía y consuelo. Pero, ¿de qué forma esto fue así? Sigamos su biografía.

         Avanzado su cautiverio, le cambiaron el carcelero, y era el nuevo de mayor humanidad que sus antecesores. Le permitió algún  paseo fuera de la celda, mejoró el trato y parece ser que le proporcionó papel y pluma, como el preso le había rogado. Éste comenzó entonces a ver posible la fuga. Y así fue que una noche consiguió deslizarse abajo del muro de la prisión suspendido en unas telas que había ido atando. La fortuna le ayudó y pudo llegar a un convento  cercano, donde las monjas  le reconocieron  y  escondieron, hasta que días más tarde pudo huir definitivamente muy lejos de allí.

         Lo más notable de esta historia quizá sea lo que viene a continuación. No se sabe con exactitud si en su evasión salvó escritos unos poemas que había ido componiendo en su cautiverio o es que andaban todos refugiados en su memoria, que era muy notable. El hecho es que una de las primeras cosas que hizo al llegar al convento fue ir recitando los dichos poemas (treinta estrofas, llamadas liras, de cinco versos cada una) a una monja que los iba copiando, o bien para salvarlos del olvido, o bien para que hubiera una copia más, o mezcla de ambas cosas. No se sabe bien.

 Y esos ciento cincuenta versos, hijos de su dolor y apartamiento del mundo, comenzaron a circular en manuscritos varios.

         ¿Qué tipo de poesía engendró aquel cautiverio extremo?

         Tenemos estos poemas sobre nuestra mesa, aunque no fue fácil que llegaran a ser impresos. La obra comenzó a nacer en prisión en 1578 y anduvo circulando, como hemos dicho, en bastantes copias hasta 1630, cuando por primera vez fue libro. Leemos algunos de sus versos ahora, sin dejar de pensar que esto es lo que vio un hombre que malvivía en una celda  sucia y aislada del mundo, cuando cerraba los ojos y algo bien distinto se le ofrecía.

                            ¿A dónde te escondiste,
                            Amado, y me dejaste con gemido?
                            Como el ciervo huiste,
                            habiéndome herido;
                            salí tras ti clamando, y eras ido.

                            Pastores los  que fuerdes
                            allá por las majadas al otero,
                            si por ventura vierdes
                            aquel que yo más quiero,
                            decidle que adolezco, peno y muero.

         Esta historia de amor es y no es tal, pues el texto lleva un título imprescindible para el buen entendimiento de su intención:

                            Canciones entre el alma y el Esposo

         El alma del hombre busca vivamente el encuentro con el Amado, que en este caso es la divinidad. Llegados a este punto, muchos entre quienes estén leyendo este escrito ya habrán reconocido a su autor, incluso desde las primeras líneas. Más aún, el título de este blog, Un entender no entendiendo, se debe a un verso suyo, que algún día comentaremos, aunque yo lo he tomado en un sentido muy amplio, como se irá viendo en sucesivas historias. Sí, el fraile cautivo por desavenencias con hermanos de la misma orden, los carmelitas, pero con distintas opiniones sobre cómo profesarla, los llamados calzados, no es otro que  Juan de Yepes, después conocido como Juan de la Cruz o San Juan de la Cruz.

  
         
  
         Y la obra en cuestión, el Cántico espiritual. Leamos un poco más:

                            Mi Amado, las montañas,
                            los valles solitarios nemorosos,
                            las ínsulas extrañas,
                            los ríos sonorosos,
                            el silbo de los aires amorosos.

                            La noche sosegada
                            en par de los levantes de la aurora,
                            la música callada,
                            la soledad sonora,
                            la cena, que recrea y enamora.
                            (…)
                            Mi alma se ha empleado,
                            y todo mi caudal en su servicio:
                            ya no guardo ganado,
                            ni ya tengo otro oficio;
                            que ya sólo en amar es mi ejercicio.

         Afirman todas las biografías de Juan de la Cruz que fue en agosto de 1578 cuando consiguió evadirse de la cárcel. Mas si uno lee estas estrofas que allí fue pacientemente creando, afinando las rimas, resolviendo el número de sílabas, ya siete, ya once, de sus versos, recreando ese camino del alma por valles y montañas al encuentro anhelado con la Fuente de amor hondamente presentida, hay que sacar la conclusión de que Juan de la Cruz salió de su prisión muchas, muchas veces, a lo largo de aquel tiempo, sin que sus carceleros pudieran darse cuenta.


         Juan de la Cruz dejaba en un rincón de su caverna su menguado y dolorido  cuerpo, y estaba, en toda su entidad última, por “bosques y espesuras,/plantadas por la mano del Amado”, por un prado “de flores esmaltado”, por “cristalina fuente”, entre pastores, vientos , olores…

Juan de la Cruz se iba una y otra vez de su encarcelamiento, y nadie podía impedirlo. ¿Nos mostró con ello algo al alcance de todo ser humano? ¿Podemos todos, en la adversidad, no hundirnos por completo en ella, sino retirarnos hacia adentro y encontrar algo más, algo mejor, de lo que regresemos a nuestro combate más serenos, más fuertes, más libres?

Antonio Machado escribió: “Nadie es más que nadie”. De ser así, Juan de la Cruz nos puede haber enseñado a muchos que nuestro espacio interior está esperándonos. En el suyo aguardaba una poesía que 434 años después se sigue leyendo, cantando y recitando. La poesía de un clásico, traducido a muchas lenguas, citado en miles de estudios y que hoy, en la era de la informática, tiene cinco millones de entradas, según indica el buscador.

Yo también quiero buscar qué me espera en mi espacio interior, cuáles son mis bosques, mis ríos, mis pastores. No sé si encontraré plenamente al “Amado”, pero voy descubriendo que no es un espacio inhóspito, mudo, ausente, y que cuando llegue el caso,quizá también llegue a decir, como el poeta:

                   ¡Ay, quién podrá sanarme!

Y probablemente no sea en vano.

martes, 14 de febrero de 2012

Erich-Emmanuel Schmitt, perdido en el desierto


Hace más de 20 años que Eric-Emmanuel Schmitt se dedica a escribir teatro y narrativa, y sus obras no dejan de despertar un interés creciente en Francia y en muchos otros países.

         Nació en Lyon el 28 de marzo de 1960. Sus padres eran profesores de Educación Física. Le dieron una educación laica, pero quisieron que fuera a clases de catecismo a los 11 años porque “a pesar de todo, tienes que conocer esa historia”. Un día su madre le llevó al teatro a ver “Cyrano de Bergerac”, con el gran actor francés Jean Marais, y el crío lloró de emoción. Ya de joven la literatura le atraía como lector y, por qué no algún día, como autor. Estudió Filosofía y durante un tiempo dio clases de esta materia. Creo que la semilla de ese ser llamado Eric-Emmanuel Scmitt está hecha en gran medida de estos ingredientes.

                          

         Hasta el día de hoy su obra se compone de 14 obras de teatro, 2 ensayos,9 novelas, traducciones y 2 películas, como guionista y director. Sus obras dramáticas se han representado en 35 países, y sus textos están traducidos a 50 lenguas. Algunos de sus títulos: “El visitante”, “El libertino”, “Variaciones enigmáticas” “El señor Ibrahim y las flores del Corán”, “Oscar y Mamie Rose”, “El Evangelio según Pilatos”, “Mi vida con Mozart”…Premios, muchos, aunque él no parece frecuentar eso que se llama la Sociedad literaria.

         Esta carrera de escritor tuvo un punto de partida muy preciso. Ocurrió el 4 de febrero de 1989. Hasta entonces Eric-Emmanuel Schmitt intentaba escribir pero sin ningún éxito. Tampoco él se sentía satisfecho de lo que hacía. Entonces algo ocurrió. Algo que lo cambió todo. Completamente imprevisto. Él mismo lo ha contado:

         Me había ido al desierto del Hoggar, en el Sahara, con unos amigos. Habíamos escalado el monte Tahar, la cima más alta, y quise descender el primero. Me di cuenta de que me equivocaba de camino, pero continué, irresistiblemente seducido por la idea de perderme. Y me perdí. Estaba en camiseta, sin agua ni comida, a 300 kilómetros de todo lugar habitado. Oscurecía…
         Cuando cayeron la noche y el frío, como no tenía nada, me enterré en la arena. En vez de tener miedo, esa noche de soledad bajo la bóveda estrellada fue extraordinaria. Experimenté sentimientos intensos: todo miedo y angustia se esfumaban para siempre, experimenté una confianza infinita en la vida…y percibí que todo tiene sentido. Tuve la certeza de que un Orden, una inteligencia vela sobre nosotros, y que en este orden, había sido creado,querido.
         Toda esa noche pasó en un segundo. Al amanecer, caminé montaña arriba, para bajar por la otra cara. Al encontrar a mis amigos de nuevo, me avergoncé por haberles angustiado con mi desaparición y no me atreví a compartir con ellos mi alegría. Regresé a Francia con mi secreto.
        
         He intentado imaginar la escena de este hombre perdido en el desierto, sin agua, sin ninguna seguridad de ser encontrado y, sin embargo, sin ninguna sensación de desamparo. Todo debió de ser muy sutil en aquella noche y, al mismo tiempo, de una solidez definitiva. Un vuelco enorme en su conciencia. ¿Qué clase de experiencia mística fue esa?

         Ahora sé que dentro de mí hay más que yo mismo, añadió. ¿A qué se refería? ¿Qué frontera interior cruzó para llegar a un lugar nuevo, luminoso, que era suyo pero que no era exactamente él, al menos tal como siempre se había sentido? ¿Qué presencia le acompañó?

         Aparte del descubrimiento de su realidad transfigurada, aquella noche fue, como dije más arriba, algo así como el kilómetro 0 de una carrera de creador que aún no había empezado.

         Fue a partir de esa fecha que pude escribir. Hasta entonces, todo lo que escribía me parecía vano. Poco tiempo después redacté mi primera obra: “La nuit de Valognes”, y desde entonces apenas he parado. Esa noche en el desierto me reveló por qué había sido hecho: yo era un escriba.

         En  su obra “El visitante”, en la que un enigmático personaje, que dice no tener ni padre, ni madre, ni sexo, ni inconsciente, visita a Freud, encontramos unas palabras de aquél  dirigidas al fundador del psicoanálisis, que de inmediato reconocemos como un eco de la experiencia que todo lo cambió:

         Hasta esta noche, creías que la vida era absurda. De ahora en adelante, sabrás que es misteriosa.


        

        
        


martes, 7 de febrero de 2012

Pero si está aquí.

Los protagonistas son un matrimonio de edad. Especialmente él, tal vez en los 86 y muy mermado de fuerzas. La esposa le era imprescindible para renovar cada día su débil vínculo con la vida y llevarle de la cama al sillón del comedor, los dos únicos escenarios de aquel último tramo de su existencia. Hablaba poco y sólo sonreía cuando los nietos o un reciente biznieto le visitaban. Mientras estaba en el comedor, que era la mayor parte del día, se dedicaba a ver la televisión.


         La vida de aquel hombre se había desarrollado entre la lucha por la supervivencia económica, la familia en toda su complejidad, una pasajera afición política y la decadencia física. Una vida difícil y corriente a la vez, pero sin capacidades especiales, y pronto se verá por qué lo digo.

         La esposa, y cuidadora a tiempo completo, tenía una hermana mayor, frisaba los ochenta y vivía en otra ciudad, a unos 400Km. Las dos hermanas mantenían buena relación, pero sólo telefónica. A ninguna le era fácil desplazarse: a la una, por la situación del marido; a la otra, por una enfermedad degenerativa en los huesos, bastante dolorosa.

         Un día llegó la llamada telefónica que anunciaba la muerte de ésta. A su hermana le afectó mucho y bien hubiera querido ir al entierro, pero la distancia era grande y eso suponía dejar al marido, cosa que no quería hacer.

 Habló con él, le explicó que, aunque deseaba ir donde la familia de su hermana, había decidido no ir, pero que sentía mucha pena por ella y por lo mal que lo había pasado los últimos años. El marido la escuchó con su mirada acuosa, callada, lenta, y al final habló.

   No te has de preocupar de nada. Tu hermana está bien.  

—¿Y tú qué sabes?- lo dijo casi sin mirarle, casi sin pensar.

El hombre respondió al momento, sin la menor duda.

—Porque tu hermana está aquí, ahora, y se la ve muy bien.

Entonces ella ya se desconcertó, pero quiso saber más. Tal vez su marido no hablaba tan sólo para tenerla contenta, así que le pidió que se explicara, que le diera detalles de lo que decía haber visto.

          — Tu hermana parece más joven. Y lleva un vestido estampado,
marrón, muy bonito.

         No hubo más. Pasaron un par de días y tras el entierro la mujer llamó a sus sobrinas para saber cómo estaban y cómo había ido el funeral . En un momento de la conversación, recordó la supuesta visión de su marido, y sin anticipar nada les preguntó cómo la habían vestido.

   Con un vestido estampado, marrón. Estaba muy bonita.

El hombre falleció hará unos diez años. Le conocí bastante, aunque nunca me habló de esta historia. Creo que para él no tuvo mucha importancia. Su esposa, que aún vive, y la hija de ambos me la contaron.


Nunca antes había visto él nada igual , ni hablado como lo hizo aquel día.