Lola Hurtado. Óleo.


lunes, 29 de octubre de 2012

Sigues siendo tú




Siempre el mismo ritual cuando su padre acababa la sesión de radioterapia. Remontaban el sótano del viejo hospital con aquel  ascensor  imprevisible, avanzaban cuidadosamente hasta la calle y él le dejaba junto a un inmenso y vigilante árbol por si el hombre se cansaba de apoyarse en el bastón, mientras iba a por el coche .

         Y la conversación, siempre tan parecida. “Bien, me ha ido bien.” “¿Hoy te ha tocado la rubia?” “Sí, es la que más me gusta. Es muy campechana.” “¿Notas algo?” “Nada, no me noto nada.” “Estupendo. Y además te han cogido enseguida.” “Sí, fíjate, son las siete y ya hemos acabado.” “Mamá se va quedar de piedra cuando vea que estamos de vuelta.”  Él pensaba a veces que aquel cuerpo extraño que le habían encontrado a su padre en un pulmón apenas pintaba nada en el día a día. Habían conseguido que el problema se redujera a conseguir aparcamiento cerca del hospital, a que le tocara la enfermera simpática, a no notar molestias y a acabar lo antes posible. El póker del éxito en aquellos días de radioterapia. Del éxito momentáneo. Pero, ¿quién quería mirar más allá de aquellas sesiones?

         Ochenta y cinco años suele considerarse una edad razonable para vivir la vida cerca de la rampa de salida. Pero cuando él recogió un mes antes los resultados que habían fotografiado aquel cuerpo inquietante en un rincón del pecho de su padre, se le vino el mundo encima. ¿Así que a su familia también le había llegado aquella enfermedad? ¿Por qué no lo había previsto? ¿Qué les decía a sus padres? ¿Cómo medir la información para no engañar y para no dañar? ¿Era eso posible?

         Su padre había sido el hombre de confianza de un notable abogado. Comenzó como pasante cuando ambos eran jóvenes. Y se jubiló oficialmente poco antes de que lo hiciera el abogado, que acabaría dejando el bufete a su hijo. Pero allí nadie se jubiló del todo. El fundador seguía yendo cada día a supervisar, a orientar, a corregir, incluso a reñir a su sucesor. Y el que fuera pasante mantenía su mesa, revisaba a diario el BOE y suministraba información al hijo sobre antiguos clientes que aún lo eran. Junto a la lealtad al abogado, dos virtudes cimentaron la confianza en  su trabajo durante cuarenta y cinco años. Una letra exquisita, como de amanuense medieval, imprescindible en los principios del bufete, y una memoria prodigiosa que recordaba datos perdidos sobre asuntos y personas lejanos. Seguir a ratos en su mesa de siempre era una forma de seguir en el mundo. Incluso en aquellos días de radioterapia, el hijo acompañaba a su padre dos mañanas por semana al despacho. Tal vez formara parte de la curación. Recluirlo en casa seguro que le hubiera hundido.

         Cuando acabaron las sesiones previstas, el radiólogo prescribió un mes de descanso, tras el que habría que hacer un TAC, y según hubiera ido la evolución del tumor, ya decidirían. Se sumergieron, pues, en una nueva rutina casi parecida a la vida anterior a la enfermedad, de la que, por cierto, seguía sin hablarse. Dos pequeñas novedades vinieron a incordiar el plan de calma absoluta. Unos escozores a los que había que aplicar cremas dos veces al día y un cansancio, al que llamar ligero no era del todo exacto.

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Hay días en la vida que se nos caen encima sin avisar y no es posible ni apartarse, ni  echarle la culpa a nadie. Cuando fueron a la visita tras el mes de descanso, en ningún momento habían previsto la cara seria del médico al repasar el informe  del TAC. Dijo que lo del pulmón había reducido su tamaño, pero que habían encontrado algo en el hígado. Y les remitió a cuidados paliativos. El padre no pareció entender mucho lo que  pasaba. Para el hijo, aquello fue demasiado. Él no quiso alargar la conversación con el padre delante. Éste le dio las gracias al doctor, como nunca olvidaba hacer, y salieron del despacho, pero ninguno de los dos sabía exactamente adónde ir. De momento a casa, que parecía el lugar más seguro. Pero el hijo necesitaba saber más y enseguida ideó un engaño. Que se había dejado unos papeles en la consulta, que le esperara sentado en el vestíbulo y que volvía enseguida. Le salió bien la astucia, pero nada más le salió bien. A solas le aclaró el médico que no se esperaba aquello. El tumor había tenido descendencia y parecía muy agresiva. No valía la pena irradiar más. Dos, tres meses como mucho. Ya verían que era buena gente la del equipo de curas paliativas.

Llevó a casa a su padre explicándole que lo del pulmón estaba mejor y que de momento no querían hacerle más radiaciones. Y que los nuevos médicos cuidarían de que tuviera las mínimas molestias. Al padre le pareció bien el plan y no hizo preguntas. Nunca las hacía. Sólo le dijo si le iría bien llevarle al día siguiente al despacho. Había unos boletines que quería revisar cuanto antes.
  
Fue un poco extraño lo que le sucedió al hijo tras dejar a su padre en casa, dar una versión blanda de la situación a la madre, que tampoco hizo preguntas, y comer deprisa, inventándose una reunión de trabajo. Aquel día no soportaba mirar a sus padres con tanto engaño en el estómago. Se despidió sin llevar siquiera los platos a la cocina.

El tiempo que se les  acercaba, imaginó, era como una esfinge en medio del camino. O acertabas sus dilemas o te devoraba, decía aquel monstruo. Pero a él le pareció que hiciera lo que hiciera, la esfinge no les iba a dejar seguir adelante con su vida de siempre. Se sentó en un banco y cerró los ojos. Si algo bueno podía pasarle a su padre,¡que le llegara en aquellos días que se estaban acercando tan deprisa! Y soltó sus palabras como quien suelta un globo rojo.

Extrañamente recordó entonces que la botella de aceite de oliva Carbonell de su casa estaba en las últimas. Y fue al entrar en un colmado cuando oyó con claridad total el viejo transistor de la dueña. No supo a quién entrevistaban, pero cazó al vuelo que el hombre de la radio afirmaba que tras la muerte pervive la conciencia individual y se inicia otra forma de existencia. Por un momento no supo qué había ido a comprar. Todo en aquel día era verdad. Todo. Pero al derrumbarse un rato más tarde en su cama, no le quedaba ni un átomo de nada.
                           
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Los avisos del médico se cumplieron. Los de curas paliativas eran gente encantadora. Y la salud de su padre se fue deteriorando sin perder el tiempo. No hubo, afortunadamente, dolores físicos importantes. Si acaso, más cansancio y, sobre todo, una gran desilusión por la comida, un dato desmoralizador en un hombre que había tenido algunas de sus mayores alegrías entre cocidos y embutidos. Pero la nota más amarga de aquel tiempo de despedida vino por donde menos se lo esperaban, y por donde nadie les había avisado.

Un día fue no recordar el nombre del abogado para el que había trabajado tantos años. Otro, el de su sobrina más querida. Un día no salía la palabra “bolígrafo”. Otro, el nombre del mes en curso. El fastidio que le producía ir a por palabras que siempre le habían llegado como el rayo le fue minando. Hablaba menos y menos claro. La médica que le visitaba dos veces por semana empezó a preguntarle cosas. En qué año nació, dónde, de qué había trabajado, cómo se llamaba su esposa, su hijo. El hombre se batía como un jabato. De hecho, la primera vez se podría decir que aprobó con nota. Entre un seis y un siete, consideró el hijo, que tampoco entendía muy bien por qué estaba pasando todo aquello. Después ya supo que probablemente el cerebro había sido alcanzado por lo otro. Entonces, por primera vez, vio el final no solo inevitable sino necesario.

Y un día comprendió algo muy importante. Fue una tarde que estaban solos padre e hijo. El padre quería decirle algo pero no se le entendía. Y el hijo tuvo una pésima idea, que al principio le pareció muy buena. Le trajo papel y bolígrafo para que escribiera lo que quería decir. Él se puso manos a la obra y aquella letra impecable, que tanto le había distinguido como el pasante de abogado de mejor caligrafía, se convirtió en renglones torcidos, llenos más de garabatos que de palabras. El padre dejó ir el bolígrafo herido de muerte en un órgano vital que no aparecía en ninguna radiografía. Entonces él le dijo cuánto se alegraba de que fuera su padre. Y se le reveló ese algo tan importante. Lo escribió días después.

Sigues siendo tú.
Ahí dentro estás.
Hablas y cuesta entenderte.
Has olvidado en qué año estamos, en qué calle vives.
Seguirás olvidando y confundiendo.
Tomas el lápiz y tu impecable letra tiembla, se vuelve inútil.
Te cansan tantos intentos para pedir un simple vaso de agua. Tantos intentos para seguir estando con nosotros, como siempre estuviste. No puedes comentar nada.
Pero eres tú.
Con una seguridad inexplicable, sé que eres tú. Sé que tras ese derrumbe biológico que cada día nos trae algo nuevo, estás tú y eres tú. El de toda la vida.
Calladito con tu bastón, sentado en un banco y mirándonos a todos, estás ahí, en el fondo de ti mismo. Con una mirada lista y en calma. Como si esperaras un taxi privado.
Y quien te quiere y te mira sin prisa, se ha dado cuenta. Se ha dado cuenta de que estás entero, aquí, hoy. Mañana también lo estarás, aunque nadie pueda reparar esos cables sueltos de tu cerebro que no dejan de enredar.
Sigues siendo tú. Lo he sabido en un instante feliz.

Podría ser que algo parecido a la misericordia decidiera ocuparse de que aquellos días de palabras mudas y preguntas sin respuestas se acabaran más pronto de lo que nadie había previsto.



domingo, 14 de octubre de 2012

Cuando morir es volver



Podría parecer que al poeta se le fue un poco la mano cuando escribió estos versos:

                              Me voy,
                              zarpo  ahora,
                              y podría volver
                              si no me siento satisfecho
                              con lo que he aprendido
                              al haber muerto.

         Robert Frost nació en San Francisco en 1874 y murió en Boston en 1963. Sin embargo, poco podían imaginarse  sus lectores, o tal vez el mismo Frost, que el desafío teñido de humor de su poema se convertiría en investigación científica no muchos años después de su muerte.

         El fenómeno de las personas que , rodeadas de un equipo médico, son dadas por clínicamente muertas, pero que al cabo de pocos minutos recuperan la vida y más tarde explican su extraordinario viaje a un no-lugar llamado “más allá”, se viene estudiando a fondo en las últimas cuatro décadas. Como es sabido, se le ha dado el nombre de experiencias cercanas a la muerte (ECM) y los casos conocidos son, a día de hoy,  muchos miles. Ya en 1982 un sondeo realizado en Estados Unidos por The Gallup Organization concluyó que un 5% de la población estadounidense había experimentado una experiencia cercana a la muerte. En 1998 se hizo una encuesta en Alemania y el porcentaje fue muy parecido.

         Creo que la historia de la investigación de estas realidades empieza con este nombre: George Richtie. Richtie era un joven estudiante de Medicina en 1943, cuando fue ingresado por neumonía doble. Entonces los antibióticos no eran aún de uso corriente y, tras una fiebre muy alta y un gran dolor en el pecho, murió. Así lo certificó el médico del hospital. Parece ser que un enfermero presente no quiso aceptar que no hubiera nada que hacer y propuso administrarle una inyección de adrenalina en el pecho. A los nueve minutos de su muerte clínica, George Richtie volvió a la vida. Tenía mucho que contar pero durante años no se atrevió.

                                     
         Con el tiempo se convirtió en psiquiatra y comenzó a compartir su experiencia en clases y conferencias. Por fin, en 1978, escribió un libro: “Regreso del mañana”. Richtie había vivido, en aquellos minutos de muerte clínica, algunas de las vivencias más características de este estado: dejar su cuerpo y observarlo tumbado en una cama de hospital, poder volar y ver los acontecimientos de su vida. Pero también otro rasgo más singular, como viajar a otras dimensiones. Lo recordaba todo con gran precisión.

         Uno de los asistentes a una de sus conferencias fue un estudiante de Filosofía llamado Raymond Moody. La historia de Richtie le impactó pero simplemente la guardó en su memoria. Fue cuatro años más tarde cuando Moody conoció a un estudiante de su universidad que también había regresado tras estar clínicamente muerto. Lo sorprendente era que su historia tenía muchos puntos de contacto con la de Richtie. Este fue, probablemente, el despegue de todos los abundantes estudios que luego se han ido produciendo, ya que Moody  inició entonces una  búsqueda de casos de resucitación clínica y pronto le fueron llegando historias. Tantas como para escribir el libro fundacional de las ECM: “Vida después de la vida”, del que se han vendido en todo el mundo 15 millones de ejemplares.

                    

         La clave de estos estudios, y lo que tiene especial sentido para tantos lectores, es que las historias se parecen mucho. Moody ha llegado a señalar doce características de estos viajes insospechados. Aunque no se repiten los doce rasgos siempre, la práctica totalidad de estas historias giran en torno a  algunas, o muchas, de estas vivencias. La que sigue es una de ellas.

         Fue en setiembre de 1978 cuando esta mujer se puso de parto. Ella y su marido fueron al hospital con la comadrona. Todo parecía normal. Sin embargo, cuando ingresó en el quirófano, enseguida el equipo médico comenzó a moverse con nerviosismo y a comunicarse en voz baja. No le respondieron a la pregunta de si algo iba mal, pero le insistieron en que empezara a empujar. Ella les dijo que aún no tenía contracciones. Alguien acercó con prisa la mesita del instrumental quirúrgico. El marido se desmayó, y esto parece que fue lo último que vio aquella mujer. Lo que siguió ya era cosa de otra dimensión. Así lo contó ella cuando regresó.

         De golpe me doy cuenta de que estoy mirando hacia abajo, observando a una mujer tendida en la cama con las piernas sobre los estribos. Veo a las enfermeras y a los médicos, presas del pánico. Veo un charco de sangre sobre la cama y en el suelo. Veo unas enormes manos presionando con fuerza la barriga de la mujer. Y entonces veo a la mujer dando a luz a un niño. Se llevan al bebé a otra habitación de inmediato. Las enfermeras parecen abatidas.

         (…) De nuevo soy testigo de una gran conmoción. Veloz como una flecha, vuelo a través de un túnel oscuro. Me embarga un sentimiento de paz y dicha que me sobrepasa. Me siento intensamente satisfecha, feliz, serena y llena de paz. Oigo una música maravillosa. Contemplo hermosos colores y flores primorosas  de todos los colores del arco iris en un vasto prado. A lo lejos hay una bellísima luz, brillante y cálida. Ése es el lugar hacia el que debo marchar. Vislumbro una silueta con vestimenta clara. Esa figura me está esperando y extiende una mano. Tengo la sensación de que se trata de una bienvenida efusiva y afectuosa. Cogidas de la mano, nos movemos hacia esa hermosa y cálida luz. Entonces ella se desprende de mi mano y se da la vuelta. Siento que algo está tirando de mí. Reparo en una enfermera, que me abofetea con fuerza las mejillas y me llama por mi nombre.

         Esta mujer había tenido una hemorragia al comenzar el parto, pero al principio nadie se percató. La criatura nació muerta y ella también lo estuvo. En 1978, cuando esta historia sucedió, quienes vivían una experiencia cercana a la muerte solían guardarla en silencio. Era algo extraño; apenas había estudios sobre ello; la gente desconocía que era una vivencia bastante común en personas recuperadas de una muerte clínica, y nadie preguntaba  a los protagonistas qué recordaban de su muerte. Esta mujer tardó veinte años en encontrar a alguien (en su caso un psicólogo que la trataba de una depresión) que supiera de qué iba todo aquello y la animara a escribirlo. El salto adelante en el conocimiento general de las ECM , en estos últimos tiempos, ha sido debido al empeño y a las investigaciones de médicos y sociólogos. Quiero destacar, entre bastantes más, dos nombres decisivos.

         El primero es Elisabeth Kübler-Ross. Doctora en Medicina, “honoris causa” por varias universidades, era una experta mundial en tanatología y autora de libros conocidísimos, no solo entre el personal sanitario, sino entre el público en general, como “Sobre la muerte y los moribundos”. Fue precisamente su dedicación intensa al cuidado de  los enfermos incurables, cuando la medicina solía retirarse al concluir que ya nada se podía hacer, la que le llevó sin pretenderlo a descubrir un caso de experiencia cercana a la muerte: el de la señora Schwarz, muy parecido al relatado anteriormente. Lo explica en su libro “La muerte: un amanecer”. A partir de ese momento, Kübler-Ross puso en marcha  una investigación en varios países, con gentes de todas las edades, razas y creencias, de personas que tenían algo que explicar tras estar  clínicamente muertas. Las conclusiones de su estudio coinciden con otros y ella las resumió así en un texto de 1980:

         Desde el momento en que dejamos nuestro cuerpo físico nos damos cuenta de que no sentimos ya ni pánico, ni miedo, ni pena. Nos percibimos a nosotros mismos como una entidad física integral. Siempre tenemos conciencia del lugar de la muerte, ya se trate de la habitación donde transcurrió la enfermedad, de nuestro propio dormitorio en el  que tuvimos el infarto o del lugar del accidente. Reconocemos muy claramente a las personas que forman parte de un equipo de reanimación o de un grupo que intenta sacar los restos de un cuerpo del coche accidentado. Estamos capacitados para mirar todo esto a una distancia de metros sin que nuestro estado espiritual esté verdaderamente implicado.


         Los estudios que impulsó Kübler-Ross abarcan tanto casos de resucitación como experiencias en coma o con moribundos. Kübler-Ross ha subrayado en sus conclusiones uno de los rasgos de las ECM: la presencia de seres queridos que habían muerto ya, aunque fuera muy poco tiempo antes, recibiendo a quien acababa de fallecer. Nadie muere solo, decía una y otra vez. La siguiente historia, en este caso de una mujer en su último suspiro, refleja este rasgo del viaje al más allá.

         La protagonista era una joven india americana. Fue atropellada y el conductor se dio a la fuga. Un extranjero acudió a auxiliarla. Cuando la tenía en sus brazos, la joven le dijo que se estaba muriendo, pero que había algo muy importante que podía hacer por ella. Si un día iba a la reserva india en que vivía su familia, que le dijera a su madre esto: “Que estaba bien y que su padre estaba ya muy cerca de ella”. Así expiró.

         El hombre se dirigió de inmediato a la reserva, que se hallaba a mil kilómetros del lugar del accidente. Cuando se lo explicó a la madre, ésta le informó de que el padre de la joven había muerto de un fallo cardiaco sólo una hora antes del accidente de la hija.

Los estudios sobre ECM no han dejado de crecer en las últimas décadas. Uno de lo más actualizados y completos  es “Consciencia más allá de la vida”, del cardiólogo holandés Pim van Lommel.

                                                
         En 1969, ya ejerciendo en un hospital, Van Lommel consiguió recuperar de un paro cardiaco a un paciente que había estado cuatro minutos inconsciente y con el corazón parado. Todo el equipo celebró el éxito, menos el paciente, que se mostró de entrada decepcionado por lo que había tenido que abandonar al volver a la vida. Un túnel, luz, colores, música, un hermoso paisaje componían la vivencia sorprendente de la que no deseaba marchar. Pim van Lommel no sabía de qué estaba hablando aquel hombre.

         Pero en 1986 leyó el libro que ya cité al principio: “Regreso del futuro” de George Richtie, y decidió indagar entre los pacientes que en su centro médico hubieran sobrevivido a una muerte clínica. Para su sorpresa, escuchó doce relatos, sobre un total de cincuenta reanimados, con rasgos muy parecidos. A partir de ahí comenzó su propia investigación durante veinte años, cuyo fruto es este “Consciencia más allá de la vida”. Son muchos los casos que relata. Escojo uno especialmente sorprendente.

         Vicki nació prematura, en 1951, y en la incubadora se  le suministró  oxígeno al 100%. Esto le provocó una ceguera total. A los 22 años sufrió un gravísimo accidente de coche que le produjo fractura de la base del cráneo y conmoción cerebral. En el hospital se afanaron en recuperarla, al principio sin éxito, cuando sus constantes fallaron. Lo relevante es que Vicki vio todo lo que estaba intentando el equipo médico. Para ella fue terrorífico en un primer momento, pues nunca había visto nada. Consiguió reconocerse por el anillo de boda (que conocía por el tacto) y por su pelo. Después dejó el hospital y llegó a donde, tal como explicó, “había árboles, pájaros y bastante gente, pero todo ello estaba hecho como de luz  Y podía verlo, y era increíble, realmente bonito, y me sentía aturdida por esa experiencia, porque antes ni siquiera era capaz de imaginar cómo era la luz.”

         Vicki contó que fue recibida por dos compañeras del colegio, Debby y Diane, también ciegas, que habían fallecido años atrás. Ya no eran niñas, y  “en aquel lugar parecían brillantes y hermosas, sanas y vitales.”
De nuevo el papel de los seres que reciben a quien comienza a adentrarse en el espacio más desconocido para los seres humanos. Van Lommel recoge más relatos que abundan en este hecho. Éste es otro de ellos.

         Durante mi experiencia cercana a la muerte a consecuencia de un paro cardiaco, vi tanto a mi abuela ya fallecida como a un hombre que me observaba afectuoso pero al cual yo no conocía. Transcurridos más de diez años, mi madre me confió en su lecho de muerte que yo había nacido de una relación extramatrimonial; mi padre biológico era un hombre judío que había sido deportado y exterminado en la Segunda Guerra Mundial. Mi madre me enseñó una fotografía. El hombre desconocido que había visto más de diez años antes durante mi ECM resultó ser mi padre biológico.

         Hago ahora un alto en las historias para formular una reflexión que reclama unas líneas. Se trata de una conclusión posible de estos relatos, recogida y tratada por Van Lommel y otros investigadores. Si el cerebro queda inactivo durante la experiencia cercana a la muerte (se han hecho comprobaciones irrebatibles, como el famoso caso de Pam Reynolds), todo apunta a que la mente humana puede actuar sin el cerebro, es decir, sin base biológica. Y, por tanto, aunque el cuerpo quede fulminado, el ser humano es algo más, mucho más, que continúa más allá de la vida, o mejor, en una siguiente etapa de la vida. No hace falta subrayar la trascendencia de esta posibilidad, hacia la que apuntan todas estas experiencias.

         Y ahora, una referencia personal. Mientras buscaba información para este “Cuando morir es volver”, yendo de caso en caso de regresos del más allá,  recibí el anuncio de la visita de unos amigos de mi familia. Se trata de un matrimonio en la década de los setenta, residentes a unos 400 Km. de mi ciudad, que una vez al año viajan para pasar unos días con todos nosotros. Y aquello que llamamos el misterio de la vida volvió a actuar, no sé cómo ni por qué. Yo había olvidado que ella estuvo clínicamente muerta. Sucedió hace más de veinte años. La llamaremos María. A su marido,Gabriel. Son personas comunicativas, aunque de este hecho nunca habíamos hablado. María no tuvo ningún problema en abrirme la puerta de su experiencia, aunque el rato en que conversamos estuvo rodeado de cierta solemnidad. Gabriel la escuchaba. Él también tuvo su papel, en el lado de acá, en este viaje de María, que transcribo con sus propias palabras.

         Un día al despertar me di cuenta de que había tenido un sueño y se lo expliqué al momento a mi marido. Se trataba de que me llevaban al hospital para hacerme una revisión completa. El caso es que entonces yo no me sentía mal, pero no lo dudamos y fuimos al hospital siguiendo el sueño. El primer médico me dijo que notaba algo en la matriz. El segundo, el ginecólogo, lo confirmó y quiso que me hiciera una ecografía. Así me detectaron un tumor del tamaño de un garbanzo en la matriz. Me propuso operar y yo no quise retrasarlo. Quedamos para la misma semana. Cuando estaba en la operación comenzó todo para mí.

         Sucedió al final de la intervención. El corazón de María se apagó. El médico salió del quirófano y tuvo que comunicarle a su marido que lo lamentaba mucho, pero que su esposa se les había ido. Tan irreversible fue el mensaje, que Gabriel llamó sin demora a los parientes más próximos para comunicar la defunción de María. Sin embargo, al cabo de un rato una enfermera, alborozada, le fue a buscar para darle la sorprendente noticia. El corazón de María había vuelto a latir. Estaba recuperando la conciencia. Lo que viene a continuación es lo que ella había vivido en aquellos minutos trágicos para su marido, y tan distintos para ella.

         De pronto me encontré viendo desde arriba cómo operaban a una mujer, que entonces no reconocí que fuera yo. Enseguida se formó a mi alrededor una energía luminosa; había muchos puntitos dorados. No era exactamente un túnel, pero la energía se iba abriendo paso mientras me llevaba adelante. No había ningún sonido, si acaso como una suave brisa que daba paz. Aunque al principio no había nadie, yo me sentía arropada por aquella energía. Divisé al fondo un grupo de gente con túnicas blancas. Vi un jardín, plantas, árboles ¡todo era precioso! Y una de aquellas personas abrió los brazos para recibirme. Yo quería llegar ya a ellos. Pero entonces se oyó una voz: “María, aún no es tu tiempo”. Esto es lo que dijo exactamente, y quien me esperaba con los brazos abiertos, los bajó de inmediato. Y fue como si la misma energía que me había llevado hasta allí me devolviera a mi cuerpo, aquel que al principio no había reconocido como mío.

         Los investigadores de estas experiencias han llegado a la conclusión de que quienes las viven salen transformadas de ellas, suelen dar un salto espiritual muy importante. Pregunté a María si algo había cambiado en ella.

         Sé positivamente que hay algo después. No tengo ningún miedo a morir. También sé que no se nos castiga. Somos nosotros los que nos castigamos con nuestras acciones.
         Y no me siento nunca sola. Agradezco cada día todo lo que tengo.

         Muchas otras historias, muchos otros nombres de investigadores podría añadir a la lista de protagonistas de este “Cuando morir es volver”, pero hay que poner un punto final. Sin embargo, tengo la sensación de que esta historia de revelaciones del camino desconocido que nos espera a todos, no ha hecho más que empezar.

        
  

martes, 18 de septiembre de 2012

Dos hombres en el mismo camino: Richard Bucke y Walt Whitman.



Esta historia también podía haberse titulado “Dos hombres y un destino”, como la famosa película, pero con una diferencia. Aquí el destino no hubiera sido simplemente el de ellos dos, sino también el destino de todos nosotros, los que estuvieron, los que estamos, los que llegarán a nuestro mundo. Lo diré de otro modo.

         Entrar en  el corazón de la experiencia vital de Richard Bucke y de Walt Whitman es vislumbrar un conocimiento y una actitud vital que parecen estar esperándonos a los demás, y de los que ellos, con diferentes palabras, mucho nos dejaron escrito. Esta vida que nos aguarda queda lejos de la mayoría de nosotros, pero se halla aquí mismo. Sería la dirección hacia la que lentamente estamos evolucionando, quizá no todos, quizá no siempre, incluso aunque a menudo pueda parecer todo lo contrario. Diré algo de las vidas de estos dos hombres, de su encuentro y, por supuesto, de ese mundo que ellos vieron y vivieron, y que por ahora tal vez a muchos nos parezca extraño, imposible, aunque su belleza nos conmueva.

         Richard Meurice Bucke nació en Inglaterra en 1837, pero al año su familia se instaló en Canadá y  a lo largo de su vida cruzó la frontera con Estados Unidos varias y decisivas veces. Walt Whitman era 18 años mayor. Nació el 1819 en Nueva York, en Long Island, isla a la que él llamará en su poesía con el nombre indio: Paumanok. Bucke será psiquiatra, y sentirá pasión por la poesía. Whitman será uno de los grandes poetas de América, y nos mostrará registros poco conocidos del alma humana. Inicio la historia de estos dos hombres por el más joven. Él nos llevará al encuentro de Whitman.

         ¿Por qué Richard Bucke dejó el hogar familiar, en Canadá, a los 17 años y se fue en busca de trabajo al Medio Oeste americano? ¿Tuvo mucho que ver que su madre muriera cuando tenía 7 años? ¿O que su madrastra muriera a sus 16? ¿O tal vez fuera la relación con su padre, un pastor protestante que además había sido su profesor, pues Bucke no fue a la escuela? ¿O sería la causa determinante una profunda inclinación por la aventura que, bajo otras formas, reaparecerá a lo largo de su vida? No he hallado respuesta a estas preguntas, pero el hecho es que durante más de tres años, el joven Bucke trabajó en distintos oficios y tuvo que afrontar situaciones límite en Estados Unidos. En una ocasión vivió un enfrentamiento con los indios shoshone, cuyo territorio estaba cruzando, y un tiempo más tarde la tragedia le rozó la cara y probablemente le avisó de que había llegado la hora de un cambio. Sucedió cuando atravesaba  unos montes en el Lejano Oeste. El grupo de exploradores con el que viajaba quedó atrapado en medio de un tiempo gélido. Su compañero de ruta y amigo Allen Grosh murió. Él perdió un dedo de una mano por congelación. Eran los días finales de 1857 y Richard Bucke volvió a casa. Pronto comenzaría una etapa muy distinta.

         En 1858 consiguió ingresar en una prestigiosa Facultad de Medicina de Canadá. Fue un buen estudiante y se licenció, con varios premios, cuatro años más tarde. Había orientado su vida hacia la medicina, ya para siempre, aunque no sería esta su única aventura vital en las siguientes décadas. Viajó a Londres y a París para completar estudios, y en 1865 se instaló definitivamente en Canadá para ejercer como doctor en medicina general. Serían diez años, tras los cuales comenzaría su decisiva etapa en un hospital psiquiátrico en Ontario, en una época en que tratar la llamada locura era entrar en un laberinto a oscuras. Bucke fue, hasta cierto punto, un reformador y favoreció el trato cercano con los pacientes, la práctica de los deportes y lo que hoy llamaríamos terapia ocupacional, buscando nuevos caminos de tratamiento de la insania mental.

                                                                           

         Pero fue en la década anterior, la que va de 1865 a 1875, cuando sucedieron en la vida de Bucke dos hechos fundamentales, y relacionados entre sí, que son los que me han movido a escribir sobre él. A Bucke le gustaba la poesía y tal vez por ello un amigo geólogo, Thomas Sterry, le dio a conocer “Hojas de hierba”, la obra poética de Walt Whitman. Fue una revelación.

         ¿Ha supuesto alguien que es venturoso nacer?
         Me apresuro a informar a él o a ella que lo es tanto como morir.
         Y sé lo que digo.
         Muero con los que agonizan y nazco con el bebé recién lavado,
                   y no quepo entre mi sombrero y mis zapatos.
         Y escruto diversos objetos: no hay dos iguales y cada uno es bueno.
         Buena la tierra y buenas las estrellas y bueno cuanto va con ellas.

         Versos de esta índole conmocionaron a Bucke. No sólo a él, pues las sucesivas ediciones de “Hojas de hierba” no dejarían indiferente a casi ningún lector. O deslumbraban o suscitaban rechazo. Bucke fue mucho más que un lector devoto del poeta americano. Sin saberlo había  tomado contacto con un autor clásico de la literatura, con un amigo, con un  paciente y con un mensaje en clave de su destino que pronto le cambiaría la vida. Mientras tanto, Bucke aprendía de memoria muchísimos versos de los largos poemas de Whitman. Como  éstos, probablemente:

Al comenzar mis estudios, el primer paso me agradó tanto,
el mero hecho de la conciencia, estas formas, el poder del movimiento,
el último insecto o animal, los sentidos, la vista, el amor;
el primer paso, como digo, me sobrecogió, agradándome tanto
que apenas he avanzado algo y apenas he deseado continuar.
Casi prefiero detenerme y vagar para siempre, con el fin de cantarlo
 en canciones extáticas.


                            

         Cuando  en 1877 Bucke viaja a New Jersey para conocer a Walt Whitman, éste ya tiene 58 años. Había sido el segundo de nueve hijos, en una familia que acabó teniendo graves problemas económicos. A los once años abandonó los estudios y comenzó a trabajar. En su ajetreada existencia habrá años de impresor, de maestro, de periodista (llegó a tener su propio periódico) y de ayudante de fiscal. La Guerra de Sucesión (1861-1865)  la vivió con los ojos bien abiertos y la cabeza entre los partidarios de la abolición de la esclavitud. Conmovido por los cuerpos heridos en las batallas, se alistó como enfermero voluntario. Admiró a Abraham Lincoln y le dedicó algunos poemas. Uno de ellos, el que empieza con “¡Oh, capitán, mi capitán!”, gozó de una popularidad añadida a finales del sigloXX,  gracias a una famosa película: “El club de los poetas muertos”. Era el sobrenombre con el que un revolucionario profesor de Literatura de un tradicional colegio americano, proponía a sus alumnos que le llamaran, en vez del convencional “Profesor Keating”.


                            

         En 1855,apareció la primera edición de “Hojas de hierba”, con 12 poemas y costeada por el mismo autor. Al año siguiente, la segunda, con 32 poemas, ya a cargo de un editor. La obra no dejaría de crecer en sucesivas impresiones. Walt Whitman le añadiría poemas hasta la versión definitiva, en 1892, poco antes de fallecer. Whitman escribía sin contar las sílabas ni rimar sus versos, transgrediendo la norma vigente en poesía. El ritmo estaba en las palabras y en un desbordamiento del sentimiento hacia todo, en una proximidad con lo menos nombrado, como nunca antes  se había cantado.

En todas las personas me veo a mí mismo. Nada más y absolutamente
nada menos;
y lo bueno o malo que de mí mismo digo lo digo de los demás.
Sé que soy fuerte y saludable.
Hacia mí los objetos convergentes del universo fluyen continuamente
en forma de mensaje escrito. Debo descifrarlo.

Sé que soy inmortal.
Sé que esta órbita mía no puede ser eliminada por el compás
del carpintero.
Sé que no moriré como muere el fulgor del tizón agitado por el niño
en la noche.

         Esta ampliación del radio del corazón posiblemente impactó en Bucke más hondamente de lo que él pudo captar en un principio. Era uno de los ingredientes esenciales en “Hojas de hierba” y conviene retenerlo en la memoria por lo que pronto se explicará de Bucke, una noche en Londres.

A través de mí, muchas voces mudas durante mucho tiempo.
Voces de interminables generaciones de prisioneros y esclavos;
voces de enfermos y de desesperados y de ladrones y enanos;
voces de ciclos de preparación y crecimiento
y de los lazos que unen a las estrellas y de las matrices
y de la simiente paterna
y de los derechos de aquellos a quienes otros sojuzgan;
de los deformados, los triviales, chatos, tontos, despreciados.
Niebla en el aire, escarabajos que hacen rodar bolas de estiércol.

 En 1873 Whitman sufrió su primer infarto cerebral, que le dejó secuelas físicas en forma de parálisis. Vivía  en New Jersey, comenzaba a ser muy conocido no sólo en América, también en Inglaterra. El famoso escritor británico Oscar Wilde le visitó. Era el año 1882. Cinco años antes lo había hecho Richard Bucke. Cuando viajó para conocer personalmente al poeta, no sólo llevaba consigo su admiración, sino una vivencia arrasadora, aunque brevísima, acaecida un tiempo atrás y en la que Whitman, indirectamente, algo había tenido que ver. Habrá que volver ahora al médico de Canadá que leía poesía. Va a ser el momento clave de su existencia.

         Ocurrió en un viaje de Bucke a Londres en 1872. En aquel tiempo
 él ejercía de médico en Canadá  y estaba casado con Jessie Gurd desde el 1865, con quien llegaría a tener ocho hijos. Posiblemente por motivos profesionales le encontramos en Londres. Una noche visitó a unos amigos, al parecer también amantes de la poesía. La velada estará marcada por la lectura de poemas: de Keats, de Shelley y, sobre todo, de Walt Whitman. Que Bucke se hallaba inspirado y con una notable elevación de espíritu cuando se despidió, parece evidente. Pero no suficiente para justificar lo que a los pocos minutos le sucedió. Estaba en el coche de caballos que le llevaba de vuelta a su habitación. Se sentía muy distendido mientras recordaba momentos dichosos de aquel encuentro con  amigos y versos. Él contó así lo que al poco le sobrevino:

         De súbito, sin aviso de tipo alguno, me encontré envuelto en una nube del color de las llamas. Por un momento pensé que había fuego, una inmensa fogata en algún lugar cerca de la ciudad; más tarde pensé que el fuego estaba dentro de mí. Inmediatamente me sobrevino un sentimiento de alegría, de felicidad inmensa acompañada o seguida de una iluminación intelectual imposible de describir. Entre otras cosas, no llegué simplemente a creer sino que vi que el universo no está compuesto de materia muerta, sino que por el contrario constituye una presencia viva; me hice así consciente de la vida eterna. No era la convicción de que alcanzaría la vida eterna, sino la consciencia de que ya la poseía; vi que todos los seres humanos son inmortales, que el orden cósmico es tal que, sin duda, todas las cosas trabajaban juntas por el bien de todas y cada una de ellas; que el principio básico del mundo, de todos los mundos, es el que llamamos amor; y que la felicidad de cada uno y de todos es, a largo plazo, absolutamente segura.

         Lo que Richard Bucke  vivió sería el mayor regalo que  podrían recibir tantos buscadores que se han preguntado por el misterio de la vida. Principalmente porque no fue obra de su pensamiento. Bucke bien se encargó de aclarar que vio, que supo de una manera profunda, irrebatible, el alcance último de la existencia de todo. La iluminación se produjo, o le fue concedida, pero no la creó su mente individual. Y tuvo esa visión total en pocos segundos, según afirmó. Es momento de sostener en una mano las palabras de Bucke y en la otra las de Whitman. Lo que dejó escrito, muy en esencia, el psiquiatra fue:

         (…)que el orden cósmico es tal que, sin duda, todas las cosas trabajaban juntas por el bien de todas y cada una de ellas; que el principio básico del mundo, de todos los mundos, es el que llamamos amor; y que la felicidad de cada uno y de todos es, a largo plazo, absolutamente segura.

         Y Whitman había escrito:

Con rapidez eleváronse y extendiéronse en torno a mí la paz y
el conocimiento que están más allá de toda discusión en la tierra.
Y sé que la mano de Dios es mi propia promesa
y se que el espíritu de Dios es hermano del mío
y que todos los hombres que han existido son también mis hermanos
y las mujeres, mis hermanas y amantes,
y que uno de los pilares de la creación es el amor,
y que no tienen fin las hojas de los campos, rígidas o lánguidas,
y que tampoco lo tienen las hormigas morenas
 en sus pequeños pozos subterráneos,
ni las costras mohosas del seto, las piedras amontonadas, el saúco,
         el pasto y la cizaña.

         Bucke y Whitman crearon una profunda amistad  a partir de su encuentro en 1877. Aquél se convirtió también en su médico y en una de sus personas de confianza. Con los años incluso escribió una biografía del poeta y colaboró en la edición de sus obras completas. Pero hay más.

         Bucke quedó ciertamente marcado por su experiencia de aquella noche. No era para menos. Y le dio un nombre: “conciencia cósmica”. Durante años se dedicó a estudiarla y en 1901 apareció su libro con el mismo título, hoy un clásico sobre la evolución de la consciencia humana.


                            

         Dos de sus conclusiones es imprescindible subrayarlas. Una, que tal experiencia de visión iluminada la habían tenido, entre otros, algunos nombres conocidos de la historia: Buda, Jesús, San Pablo, Plotino, Mahoma, Dante, San Juan de la Cruz, Ramakrishna, William Blake…y Walt  Whitman.  La otra, que la conciencia cósmica era el siguiente estadio de evolución de la humanidad. La primera etapa había sido la de la “conciencia simple”, el registro de las sensaciones. La segunda, en la que la humanidad se mueve hoy, sería la conciencia individual. En sus palabras: (el ser humano) “ se da cuenta  de que es una criatura  separada o autoexistente dentro de un mundo del que se encuentra aparte”.  La conciencia cósmica, experimentada de forma creciente cada vez por más individuos, sería ese mundo (interior), ese fulgor de sabiduría y amor, que nos estaría esperando  en algún recodo de nuestro camino evolutivo. Bucke lo vivió en unos segundos de luz imborrable y escribió un ensayo decisivo sobre ello. Según él, Whitman ya estaba impregnado de tal vivencia y sus versos irradiaban esa fusión con todo, alimentada de amor por todo. La pasión que los primeros poemas de Whitman habían despertado en Bucke, el impacto que le produjo conocerlo personalmente, la lectura de sus versos en la noche en que tuvo su iluminación, o la gran confianza que Whitman depositó en él, colaborando en la escritura de su primera biografía que Bucke escribió, viajando a Canadá y hospedándose un tiempo en su casa, confiándole la edición de su obra póstuma…todo parecía estar llevado por un hilo que les unía : el mismo descubrimiento de la grandeza de corazón y la profundidad de comprensión a las que el ser humano está llamado.

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Llegamos al fin del trayecto de estos “dos hombres en el mismo camino”. Whitman se apagó en 1892, cuatro años después de sufrir otra parálisis. Richard Bucke, que le había guiado a distancia como médico, estuvo con él en sus momentos finales. Quizá en sus últimos días el poeta se dedicaba a revivir lo que había escrito tiempo atrás:

         Ahora me limitaré a escuchar,
         para que cuanto escucho enriquezca este cantar
         y los sonidos contribuyan a acrecentarlo.
         Oigo arias de bravura a cargo de pájaros, el murmurar del trigo
         que se agita, chismorreos de llamas, el crepitar de maderas
         que cocinan mi comida.
         Oigo el sonido que amo: el sonido de la voz humana.
         Oigo todos los sonidos al mismo tiempo, combinados, fundidos
         o siguiéndose.
         (…)
         Por fin me incorporo de nuevo para sentir el enigma de los enigmas,
          que llamamos la Existencia.


                                        

         Richard Meurice Bucke no pudo estar apenas presente en el éxito de su libro. Un año después de su aparición (1901), resbaló frente a su casa a causa del hielo y falleció como consecuencia de las heridas. Era febrero de 1902. Tal vez no le importó. Había vivido sesenta y cinco años  con gran intensidad. Además tenía una cita pendiente a la que no podía acudir sin previamente cerrar  los ojos de manera definitiva . Ésta era la dedicatoria con que se iniciaba su libro “Conciencia cósmica”, dirigida a su hijo  Maurice Andrews Bucke, que había fallecido dos años antes a los 31 años .

         Querido Maurice:

         Hace  un año, en la aurora de la juventud, de la salud y de la fuerza, en un segundo, un terrible y fatal accidente te ha llevado para siempre de este mundo donde tu madre y yo todavía vivimos. De todos los jóvenes que he conocido, tú eras el más puro, el más noble, el más honrado, el de mejor corazón. (…) Cómo nos hemos sentido con ocasión de tu pérdida –cómo aún nos sentimos- no lo registraría, aunque pudiese. Deseo hablar aquí de mi esperanza confiada, no de mi dolor.

Yo diría que, mediante las experiencias que constituyen la base  de este volumen, he aprendido que, pese a la muerte y a la sepultura, a pesar  de que te encuentres más allá del alcance de nuestra vista y oído, aunque el universo sensorial dé testimonio de tu ausencia, tú no estás muerto ni de hecho ausente. Tú permaneces vivo y bien, y no te encuentras lejos de mí en este momento.

         (...) Ahora falta apenas un poco más para que estemos juntos otra vez y con nosotros estarán aquellas otras almas nobles y amadas que han partido antes. Estoy convencido de que te encontraré y a ellas también; tú y yo conversaremos acerca de mil cosas. Y percibiremos claramente que todo formaba parte de un plan infinito que era sabio y bueno. ¿Tú me ves y apruebas mientras escribo estas palabras? En ese caso sabes cuánto te quería mientras has vivido lo que aquí denominamos vida, y cómo te has vuelto más querido desde entonces.

         Debido a los vínculos indisolubles de nacimiento y muerte, forjados entre nosotros por la naturaleza y por el destino, gracias a mi amor y a mi tristeza, y por encima de todo a causa de la confianza inextinguible e infinita que existe en mi corazón, te dedico a ti mi libro.

¡Hasta pronto, mi querido muchacho!
          Tu padre

Whitman y Bucke en un mismo camino. La poesía del primero era un abrazo inagotable hacia cualquier fragmento de vida. Bucke descubrió que la realidad, la creación para algunos, es el proyecto de un gran abrazo.

Aquí acaba esta historia.


        

                           

                  

        

viernes, 10 de agosto de 2012

En busca del presente perdido: Eckhart Tolle



Eckhart Tolle parece haber venido al mundo para repetir una idea, aparentemente muy simple, pero de incalculables consecuencias: que entre el pasado y el futuro de cada ser humano hay un lugar interior donde vivir. Es el presente. Él suele llamarlo también “el ahora”. La trascendencia de esta observación es enorme, como parecen ir descubriendo los millones de lectores de sus obras en todo el mundo, a medida que van experimentando, por sí mismos, qué aspecto de la conciencia está tocando este hombre.

         Vivir en el ahora quiere decir no estar proyectado constantemente hacia el pasado o hacia el futuro por la actividad incesante del pensamiento, lo cual parece ser el hábito más arraigado del género humano. La mente, dirá Eckhart Tolle, es muy útil para resolver situaciones concretas, programar actividades necesarias, sacar conclusiones en un momento dado…pero es nefasta si no está a nuestro servicio, sino nosotros al suyo.

         La mente es un instrumento soberbio si se usa correctamente. Sin embargo, si se usa incorrectamente, se vuelve muy destructiva. Para decirlo con más precisión, no se trata tanto de que usas la mente equivocadamente: generalmente no la usas en absoluto, sino que ella te usa a ti. Ésa es la enfermedad. Crees que tú eres la mente. Ése es el engaño. El instrumento se ha apoderado de ti.(…)¿Puedes liberarte de tu mente cuando lo deseas? ¿Has encontrado el botón para  apagarla?

El pensamiento, pues, deviene compulsivo, por regla general. Es esa voz incesante en la cabeza, que suele acompañarnos desde que amanecemos hasta que reingresamos en el sueño. Y una de las consecuencias de esta actividad es que nos lleva a una confusión lamentable: creemos que somos lo que no somos, es decir, creemos que somos lo que pensamos, e inconscientes de este error podemos gastarnos la vida entera.

La mente te está usando a ti. Estás identificado con ella inconscientemente, y ni siquiera sabes que eres su esclavo. Es como si estuvieras poseído sin saberlo, y crees que la entidad posesora eres tú. La libertad comienza cuando te das cuenta de que no eres la entidad posesora, el pensador. Saber eso te permite observar la entidad. En el momento en que empiezas a observar al pensador , se activa un nivel de conciencia superior. Entonces empiezas a darte cuenta de que hay un vasto reino de inteligencia más allá del pensamiento, y de que el pensamiento sólo es una pequeña parte de esa inteligencia. También te das cuenta de que todas las cosas verdaderamente importantes —la belleza, el amor, la creatividad, la alegría, la paz interna— surgen de más allá de la mente. Empiezas a despertar.

 A la pregunta que tanto nos repetimos de quién soy yo (insistamos en esta idea decisiva) solemos respondernos : yo soy este pensamiento, y el siguiente, y el otro y aquél que tuve, y el que tendré mañana…La voz permanente en la cabeza, el esquema de la vieja conciencia, dirá Tolle. Pero si yo no soy mis pensamientos, entonces,¿ qué soy?

El que ve eso. La conciencia que es anterior al pensamiento, el espacio en el que tiene lugar el pensamiento (o la emoción, o la percepción sensorial).

Para poder acceder a esta lucidez, que es la libertad de usar nuestra mente cuando lo creemos oportuno, y no más, hay que centrarse en el momento presente, repetirá Eckhart Tolle una y otra vez y desde múltiples ángulos de visión. ¿Cómo se consigue vivir el ahora? ¿Qué ocurre cuando lo logramos?

Voy a dejar las respuestas para más adelante, pues aún no he presentado al protagonista de esta historia. La razón de no haberlo hecho al principio ha sido doble. Por una parte, Tolle se ha convertido en alguien muy popular en los últimos quince años. Muchos lectores ya saben de él. Pero, por otra parte, Eckhart Tolle no parece que tenga especial interés en que se hable de su vida. Su intención clara es dar a conocer el mapa interior de la conciencia y cómo moverse en él para alcanzar paz y sabiduría. Sus detalles biográficos no los oculta, pero tampoco los promociona. Que no insista en referirse a un pasado (su propia vida) es bien coherente con su visión del ser humano. Pero yo creo interesante decir algo de este hombre, sobre todo porque este recorrido por lo esencial de su obra va a culminar con lo que le ocurrió cuando contaba 29 años, antes de todo esto, cuando no era Eckhart Tolle, sino Ulrich Tolle, y nada sospechaba del poder del ahora ni de lo que nos aguarda felizmente en el fondo de nuestro ser esperando a que aprendamos a descubrirlo, que es a lo que él consagra su vida desde aquel suceso que explicaré.


                           

         Tolle nació en algún lugar de Alemania en 1948. Cuando sus padres se separaron, él siguió a su padre a su nuevo destino: España. Tenía 13 años y acabó instalado en Alicante, donde el padre viviría hasta el final de sus días, muy contento con su nueva adopción. “Alicantino, borracho y fino”, bromeaba el señor Tolle, y Eckhart lo contó, en un muy buen español, durante una conferencia en Barcelona.

         Desde los 13 hasta los 19 años vivió en Alicante, sin asistir a la escuela, pero sin dejar de leer y aprender por su cuenta. A los 19 se fue a vivir a Inglaterra, dio clases de idiomas y se preparó para poder ingresar en la Universidad, lo que consiguió a los 22 años, en la Universidad de Londres. Cada año volvía a Alicante para visitar a su padre. Su vida como universitario iba bien. Recibió una beca de postgrado en la prestigiosa Universidad de Cambridge, donde ejercería la investigación. Pero su vida personal naufragaba en medio de episodios de ansiedad, depresión y miedo.
Esta era la realidad de Ulrich Tolle hasta los 29 .

         Si damos un salto hacia adelante de 20 años, aquel joven sumido en el desasosiego, con ocasionales pensamientos suicidas, se había convertido en el autor de un libro llamado “El poder del ahora”, que iba firmado por Eckhart Tolle, su nuevo nombre para una nueva vida. Con 3000 copias de inicio, el libro fue impactando a sus primeros lectores, quienes no dejaban de recomendarlo. Por último, llegó a manos de la popular presentadora de televisión en América Oprah Winfrey, que le dio un gran trato. La fama del autor y la de su libro se multiplicaron. Lo mismo ocurrió  con otro posterior (“Un mundo nuevo, ahora”) y, en general, el mensaje de Tolle fue alcanzando una popularidad creciente. Hasta 11 millones de personas llegaron a estar conectadas a unas charlas que Tolle dio en el programa de Oprah Winfrey.


                  

Hoy  sus libros llevan vendidos más de 8 millones de ejemplares y han sido traducidos a 32 idiomas. Es el autor de temática espiritual más conocido en Estados Unidos, y algo parecido le ocurre en otros lugares del mundo. ¿Qué sucedió para que aquel hombre de apenas treinta años, que se arrastraba por la vida casi sin fuerzas, llegara a formular una nueva manera de abordar la paz interna y, sobre todo, llegara a conectar con tantísima gente que parecía, y parece, estar esperando que alguien les hable así?:

Cuando cesa el esfuerzo compulsivo por alejarse del ahora, la alegría del Ser fluye en todo lo que haces. En cuanto tu atención se orienta hacia el ahora, sientes una presencia, una quietud, una paz. Ya no dependes del futuro para conseguir la satisfacción o la realización, no buscas en él la salvación. Por lo tanto, no te apegas a los resultados. Ni el éxito ni el fracaso pueden cambiar el estado de tu Ser interno.

Poco propenso, como dije, a hablar de sí mismo y del pasado, Eckhart Tolle, no obstante, quiso explicar cómo empezó su nueva vida, cómo salió del pozo, rescatado repentinamente por una comprensión profunda de su estado mental, y cómo pasó de sentir su existencia como un peso insoportable a descubrir belleza en cada cosa, a cada momento, durante meses, y todavía hoy con repetida frecuencia.

Aún no había cumplido los treinta. Debió de suceder en Inglaterra, donde entonces estaba becado en una universidad. ¿Cuánto había de ansiedad, de pánico o de depresión en su cabeza en aquel tiempo? Quien ha probado algunas de estas pócimas sabe que si retornan un día y otro y otro acaban por convertir la vida en una amargura insoportable. La posibilidad de borrarse del mapa no estaba descartada. De pronto, una noche despertó aterrorizado. Todo lo que vio en su habitación, e imagino que todo lo que sabía que le esperaba más allá de sus cuatro paredes, le resultaba detestable y sin ningún sentido.

Entonces tuvo un pensamiento: “No puedo vivir conmigo”, que le dejó perplejo. Si no podía vivir con él mismo, es que debía de haber dos “yo”. Era como cuando uno dice que no puede vivir con otra persona, sólo que esa otra llevaba su mismo nombre. ¿Cuál de los dos “yo” era real?, pensó. Pero no estaban las cosas como para ponerse a analizar más. Un miedo arrasador le invadió y no supo cómo detenerlo. Justo en ese instante le llegaron unas palabras. No las pensó, sino que surgieron, en su cabeza, en su pecho, él no sabía de dónde procedían. “No te resistas a nada”. Y Ulrich Tolle no se resistió. El miedo fue remitiendo y esa fuerza que parecía absorberle le hizo perder la conciencia. Se desmayó o simplemente se durmió profundamente. Él no lo precisa, pero aquel episodio aterrador cesó.

Al cabo de un tiempo le fueron despertando los trinos de un pájaro. Con los ojos aún cerrados vio la imagen de un diamante. Abrió los ojos. Tolle aún no lo sabía, pero aquél era el inicio de un tiempo completamente nuevo para él. Su big bang personal. Era, en cierto modo, un resucitado.

Las primeras luces del alba se filtraban a través de las cortinas. Sin pensar, sentí, supe, que la luz es infinitamente más de lo que solemos percibir superficialmente. Aquella suave luminosidad que se filtraba por las cortinas era el amor mismo. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Me puse de pie y caminé por la habitación. Reconocía ese espacio y, sin embargo, sabía que nunca antes lo había visto verdaderamente. Todo era fresco y prístino, como si acabara de venir a la existencia. Tomé algunos objetos, un lápiz, una botella vacía, maravillándome de su belleza, de la viveza de todo lo que me rodeaba.

Durante meses Tolle vivió en un estado de dicha constante, aunque no sabía qué le había ocurrido. Fue un tiempo después, tras muchas lecturas y conversaciones, cuando comprendió. Aquel “no puedo vivir conmigo” le hizo conectar con un yo que, simple y serenamente , se daba cuenta  de todo y, aunque eso no lo captó entonces, con un yo que no estaba hundido en el drama de su vida. Pero Tolle, como solemos hacer todos, creía en aquella época que él no era más que aquel ser atribulado, extraviado y sufriente. Lo que había experimentado de forma tan total y repentina era estar en el mundo desde la esencia del “yo”, desde el Ser que nos constituye, diría él. Probablemente lo que la mayoría de seres humanos, consciente o inconscientemente, deseamos alcanzar.


Pero lo más importante fue que, con el tiempo, quien ya se llamaba Eckhart Tolle (en referencia al místico de la Edad Media Meister  Eckhart) fue descubriendo la manera de conectar con ese yo profundo que, en sus palabras y en las de otras tradiciones espirituales, sería nuestra verdadera identidad. Una identidad hecha de lucidez, de gozo, de belleza. Y a explicar todo ello está dedicando su vida, desde hace más de  quince años, este hombre bienaventurado.

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Quedan ahora dos preguntas que dejé sin respuesta antes de entrar en la biografía de Tolle, más una que voy a añadir tras releer su relato de aquella noche clave.

¿Cómo se consigue vivir el ahora? Quien haya visto y oído a Eckhart Tolle creo que podrá confirmar algo que ya se desprende de la lectura de sus libros: es un hombre en calma, no tiene prisa ninguna y no pretende decirnos lo que hemos de pensar o creer. Él invita a experimentar su descubrimiento, de forma completamente personal. Sus propuestas tienen mucho que ver con distintas formas de meditación, incluso de relajación o visualización. El lenguaje con que lo presenta es muy sencillo. Una manera, no la única, sería ésta. En calma, se trataría de observar los pensamientos  y emociones que van apareciendo en nuestra mente y que impiden una quietud interna. Y a partir de ahí, simplemente darse cuenta de lo que ocurre. Qué ideas nos asaltan, cómo reaccionamos ante tal situación o persona que aparecen, cuántas veces nos vamos al pasado o al futuro (todo ello, como bien sabemos, en pocos minutos).

         No juzgues ni analices lo que observas. Contempla el pensamiento, siente  la emoción, observa la reacción. No las conviertas en un problema personal. Entonces  sentirás algo más poderoso que cualquiera de las cosas observadas: la presencia misma, serena y observante, que está detrás de tus contenidos mentales: el observador silencioso.

La segunda pregunta era: ¿qué ocurre cuando conectamos con el ahora, cuando permanecemos en él? Hay dos libros, ya citados, dedicados a explicarlo abundantemente. Éste sería sólo un apunte:

En nuestra profundidad, ¿qué hay?: absoluta quietud, en la que podemos experimentar el gozo del Ser.

Este  “Ser”, que ya ha aparecido en el texto, aún no ha sido presentado. Es palabra clave. Pero no parece buen camino intentar definirlo con palabras. Es preciso vivirlo para saberlo en silencio. Pero Tolle ha de contestar a preguntas que le han hecho tantas veces y nos da pistas. El Ser es la Fuente de la que brota la conciencia. Es lo No Manifestado. Donde el tiempo no existe. Donde brota “la paz que sobrepasa toda comprensión”.

La última pregunta que anunciaba es la que emana de la perplejidad que uno puede sentir al descubrir una historia como ésta. Y no sé si para ella tendré algún día  respuesta. Aquella noche en que todo cambió para este hombre (y con los años, para mucha gente que se ha inspirado con él), ¿por qué ocurrió? Aquella transformación radical en unos minutos, ¿fue creada en algún rincón del Universo?, ¿fue un regalo, una gracia? Y, en ese caso, ¿quién o qué escribió el guión y lo dirigió? También podría ser esta la respuesta: nadie ni nada intervino deliberadamente en aquel despertar de un hombre a una nueva visión de la realidad. Fue un proceso por sí mismo, fruto tal vez de la saturación de dolor psicológico del sujeto, que acabaría sorprendentemente engendrando un cambio radical, un renacimiento.

En este caso, sería el azar quien habría propiciado la aparición de este hombre de luz. Ahora bien, si la respuesta fuera que hubo alguien o algo que quiso que naciera este hombre nuevo que, como diría Machado, parece haber venido al mundo para traernos unas pocas palabras verdaderas, la cosa se pone mucho más interesante.

         ¿Es que hay alguien que quiere echarnos una mano? Y si así fuera, ¿por qué querría hacerlo? O de otra manera: ¿qué es el Ser, la Fuente, lo No Manifestado? ¿Es cierto que si voy acallando mi ruido mental de siempre, mi distracción permanente hacia el pasado o el futuro, descubriré que Su presencia también está en mí? Más aún, ¿que tú y yo, y el resto de pronombres, somos esa conciencia serena y dichosa, aunque vivamos alejados de ella?

         Uno no quisiera renunciar a viajar en ocasiones al dulce pasado, ni a sentir la fuerza de la esperanza en el futuro. Pero quizá para poder hacerlo libremente, como una opción, no como una obligación mental inagotable, haga falta descubrir el tesoro escondido en nuestro interior. La luz y la dicha que ya somos, quién sabe por qué.

Tal vez convenga intentarlo ahora.