sábado, 30 de junio de 2012

El secreto de Caronte



Tengo ante mí una postal de un cuadro de Joachim Patinir que compré en una exposición de su obra en el Museo del Prado. Se trata de “Caronte atravesando la laguna Estigia”. Este personaje de la mitología transportaba en su barca las almas de los muertos desde el país de los vivos al otro mundo. Patinir fue un pintor del siglo XVI que en esta obra de gran éxito plasma un tema inmortal, y nunca mejor dicho: ¿Los muertos van a algún sitio? ¿Es la muerte un viaje que se vive con alguna forma de consciencia?


                            

         Esta historia trata de los viajes de Caronte, pero con una variación. ¿Hay viaje de regreso? ¿Caronte retorna a la orilla de los vivos a algunas de sus almas, ni que sea por unos breves instantes?

         Conocí a los dos protagonistas de este relato, padre e hijo, de cerca. He sido confidente de lo que no se quiso explicar en cualquier lugar, ante cualquier persona, en parte por pudor a revelar algo muy personal, en parte para ahorrarse los silencios incómodos de quienes no están dispuestos a aceptar que a uno le puedan ocurrir cosas sorprendentes, ni menos que puedan tener algún significado. Tengo la autorización del hijo para transcribir aquí los hechos. Los nombres y algunos detalles muy secundarios son ficticios. El núcleo de la historia, evidentemente no.

         Ramón Gracia y yo nos conocimos hace bastantes años en un instituto de enseñanza secundaria. Él era profesor de Física; yo, de Lengua y Literatura. Congeniamos y conversamos bastante en nuestros ratos libres.A mí me gustaba que él me explicara cosas de Física, básicamente porque no tenía ni idea, haciendo honor a mi condición de licenciado en Letras, y él, en cambio, tenía buen oído para la poesía. En algún momento ambos coincidimos en que al centro le faltaba una revista y a nosotros nos sobraban, en aquel entonces, ganas de ocuparnos en ponerla en marcha.

         Creo que Ramón tendría unos 29 años cuando empezó nuestra amistad. Vivía aún en la casa familiar. Su única hermana residía en Suecia,  él se avenía bastante con sus padres y colaboraba en los gastos, lo que resultaba un alivio para una familia modesta, por todo lo cual no se daba mucha prisa en marcharse. Pronto aparecería una señorita estupenda con la que, en el plazo de un año, se entregó con entusiasmo a visitar pisos de alquiler. Explico todo esto porque yo frecuenté su casa en aquellos días en que nos pusimos a diseñar nuestra propuesta de revista para el instituto. Y ahí conocí a sus padres, aunque me referiré sólo al padre, a José María Gracia, para ceñirme al hilo principal de este relato.

         Se trataba de un hombre muy amable, risueño, jubilado de una empresa del metal en la que había ejercido de administrativo, y que pasaba buena parte del día en su hogar leyendo libros sobre la Guerra Civil Española. Había pertenecido a la leva más joven del ejército republicano, la conocida como “quinta del biberón”, y todo lo que le aconteció en la guerra, y en los primeros años de la postguerra, le dejó una huella perpetua y una gran curiosidad por confirmar en los libros lo que él había visto con sus propios ojos.

         Siempre se quedaba un rato con nosotros cuando yo llegaba y me traía, invariablemente, “un coca-cola”, con ese artículo masculino que no sé de dónde había sacado. Mientras yo intentaba fulminar las burbujas del coca-cola, pues no me sentaban demasiado bien aunque me gustara la bebida, a base de remover y remover el brebaje, él me mostraba el libro de memorias o de crónicas de la guerra en que andaba sumergido. “¿Lo conoces?”, me decía mientras sostenía ante mí, orgulloso, el volumen del momento, convencido de que como profesor de Literatura tenía que decirle que sí. “A mi hijo estos libros no le van. Él es de Ciencias”. Y yo intentaba sortear mi desconocimiento como podía (“me suena pero ahora mismo…”, “me han hablado de este autor”, “mi padre mencionó una vez…”). El hecho es que en aquel tiempo sólo leía literatura y filosofía, pero me sabía muy mal decepcionar al señor José María cada vez que les visitaba. Entonces, para subsanar mis lagunas históricas, y con su cortesía proverbial, me hacía un resumen de diez minutos exactos y, como si hubiera sonado un timbre en su cabeza, al llegar a ese momento, se levantaba y volvía al sofá del comedor. “Os dejo trabajar”. Y ya no le veía hasta la hora de despedirme. Mi amigo Ramón le dejaba hacer y le miraba con una mezcla de comprensión, respeto y paciencia a partes iguales. Ciertamente Ramón no leía los libros de su padre, pero el libro de la vida de su padre, yo diría que se lo conocía bastante bien. Nunca me lo dijo, pero a mí siempre me pareció que le quería mucho.

         Ramón y yo dejamos de vernos bastantes años. Él encontró destino definitivo en un instituto a unos cien kilómetros de nuestra ciudad. Yo me perpetué en el que nos conocimos. Allí se casó y tuvo un hijo . Y nos desconectamos cada vez un poco más. Sin que ocurriera ningún conflicto dejamos de saber el uno del otro. Hasta que un día me quedé clavado en las esquelas del periódico. José María Gracia, su padre, había fallecido. El entierro era al día siguiente, en mi ciudad y la de sus padres, y decidí ir sin pensarlo dos veces.

         La sala de ceremonias del tanatorio estaba llena. José María Gracia se había hecho querer. Ramón tomó al final la palabra y habló con delicadeza de la historia de su padre: de su infancia, del tiempo de guerrear, de su familia, de su trabajo, incluso citó los libros de historia que tanto le acompañaron y de los que él no había leído ni uno, lo que aquel día lamentaba. El momento más emotivo fue, probablemente, un fragmento del poeta Miguel Hernández, que Ramón había dejado como cierre de sus palabras. Dijo, y me sorprendió, que aquél era el mensaje que creía que su padre dejaba  a las personas que le pudieran echar en falta:

                                      Aunque bajo la tierra
                                      mi amante cuerpo esté,
                                      escríbeme a la tierra,
                                      que yo te escribiré.

         El reencuentro  con Ramón fue el inicio de una nueva etapa en nuestra amistad. Nos vimos una semana más tarde y hablamos con la fluidez de aquellos años compartidos. Mi impresión, ya lejana en el tiempo, de que un hilo de afecto muy sólido, aunque silencioso, siempre le había unido a su padre se confirmó a lo largo de la conversación. Un año antes, al hombre le habían detectado un tumor canceroso. Ramón le había llevado a todas las sesiones de quimioterapia y de radioterapia. Su hermana no podía trasladarse desde Suecia, donde tenía trabajo y familia, y a su madre la dejaba al mando de la casa, donde mejor se desenvolvía la mujer. Había sido un buen enfermo, había aguantado el tipo sin hablar mucho del asunto, durmiendo un poco más y leyendo un poco menos de lo habitual. Las cosas se habían precipitado en un mes. Falleció en casa, en su cama, junto a su esposa, en medio de la noche. Se marchó sin hacer ruido y sólo se dieron cuenta unas horas más tarde, al amanecer.

         En nuestra siguiente conversación, al cabo de dos meses, me comentó que estaba sorprendido de lo mucho que echaba en falta al padre. “Tengo una vida ocupadísima en todos los sentidos. Estoy feliz con mi mujer, con mi hijo, con el trabajo…Apenas tengo tiempo para pensar en otras cosas y, mira, no sé qué es, pero por las noches, cuando todos duermen y me quedo un rato a oscuras en la sala, no me hago a la idea de no ver más a mi padre. Es como si no pudiera ser”. Yo le dije que era normal, que aún estaba muy reciente, que todo duelo requiere un tiempo y otras frases parecidas que ya me pareció que no le acababan de convencer. “No sé. Ya veremos. Todo esto es muy raro”, me contestó. Y yo para acabar de rematar un día para la posteridad, sentencié: “Es la muerte, Ramón. La muerte es así”.

         Ramón, conviene que en este punto lo diga, no era un hombre de creencias; era un hombre de asombros. No había adoptado ninguna religión, ni tampoco la de la ciencia. “Es que cuanto más estudio, cuanto más al día estoy de las teorías de Física, menos claro lo veo todo”, me comentó en aquellos días. Y en otro encuentro me dijo algo que no se me borró: “Me cuesta creer en nada, pero igual me cuesta creer que no hay nada más”. Era evidente que la muerte de su padre, aparte del duelo inevitable, le había provocado una sed que no sabía cómo saciar.

         Y el teléfono sonó una noche. Era Ramón. Acababan de regresar de un fin de semana en Madrid y tenía cosas que explicarme. No nos veíamos desde antes del verano, casi cuatro meses sin saber de él, y me sorprendió la llamada nocturna, con un punto de urgencia. Se lo dije. “Sí, me ha pasado algo y te lo quiero contar”. Nos citamos para el día siguiente.

         “Estábamos con mi mujer y mi hijo de vacaciones en Mallorca. Un día, por la mañana, ellos se fueron a la playa y yo me quedé un buen rato en la habitación. Me había traído un par de libros interesantísimos y aún no los había abierto. De pronto, allí solo, llegó mi padre. Quiero decir que lo sentí muy próximo y como esperando que le dijera algo. Casi sin darme cuenta me puse a hablar con él. Es verdad que por un momento se me cruzó un  pensamiento de reproche: ¿Qué haces, Ramón, hablando con tu padre? Hace medio año que ya no está aquí. ¿Qué estás haciendo, hombre? Pero enseguida envié al cuerno el reproche y seguí con lo mío. Fueron seis o siete minutos, no creo que más. Le dije cómo nos iba la vida  a toda la familia. Le expliqué por qué estábamos en aquella isla de vacaciones. Todo muy sencillo, nada prodigioso, qué va. Él no me decía nada, pero yo comprendía que me estaba escuchando. Le pregunté cómo estaba. Sentí que me sonreía. Ya sé que visto ahora parece una locura, pero entonces tenía mucho sentido. No hubiera podido hacer otra cosa. Y así me despedí, como solemos hacer todos, deseándole lo mejor. Y lo mejor, ¿qué era para él? Yo qué iba a saber, pero se lo dije de corazón, eso sin duda. Ahora bien, esto no fue todo, si no, no te hubiera llamado”.

         “Aquel mismo día habíamos decidido ir con mi esposa y el niño a ver un acuario en el mismo pueblo en que veraneábamos. Mientras estaba con ellos viendo morenas, tiburones y peces payasos, apenas se me ocurría comentar nada, lo que era muy raro en mí. Yo continuaba en la habitación, con mi padre, y no me estaba enterando de nada. Al acabar el recorrido, había una tienda y mi hijo se empeñó en que le compráramos una gorrita con un delfín. De pronto vi un rincón con libros y me fui directo a una estantería, como si un canto de sirena me estuviera llamando desde allí. Resultó que todos los libros de aquella sección eran del mismo autor, un biólogo marino que yo no conocía. Pero el nombre sí. No te lo vas a creer. Se llamaba José María Gracia. Como mi padre. ¡Todos los libros de aquella estantería! ¿Qué te parece?”

         Ramón no me dio tiempo a que le dijera algo sobre la coincidencia. Es cierto que me quedé callado más de lo habitual. No se me ocurría así de pronto qué decirle. Pero lo que para mí era una historia completa, para Ramón era sólo la mitad de lo que tenía previsto contarme. Así que siguió hablando sin darme tiempo a buscar alguna buena frase sobre la casualidad o la no casualidad.

         “Esto no es todo. Ahora acabamos de pasar cuatro días en Madrid. Mi esposa tiene una gran amiga que se casó y se quedó a vivir allí. A veces vienen ellos, a veces vamos nosotros. Nos llevamos más que bien los cuatro. Una noche dejamos a todos los niños en su casa con una canguro y nos llevaron a cenar a un restaurante que se llama La Vaca Argentina. Lo pasamos bien, como siempre, hablando de mil cosas. Pero yo no solté prenda de lo que me había ocurrido en Mallorca. Sólo mi mujer lo conocía. Te lo digo porque sucedió casi lo mismo. Verás”.

         “Mi padre era medio madrileño. Su padre era de Madrid y tenía varios primos allí con los que se escribía y se llamaban para Navidad. Cuando murió, vinieron todos al entierro. Te lo digo porque llegar a esa ciudad, me aproximó otra vez a mi padre. Era un lugar en parte suyo y así lo sentí la mañana que salí temprano de casa de nuestros amigos a comprar el periódico y unos cruasans para el desayuno. Y me entraron otra vez muchas ganas de comunicarme con él. Desde lo de Mallorca, dos meses atrás, no había hecho nada parecido. Fue de nuevo algo que se presentó como con fuerza propia. Mentalmente, porque iba andando por la calle y no quería que nadie me tomara por lo que no soy, le fui diciendo cosas. Cosas muy simples, como la otra vez: qué bien se estaba en aquella ciudad, que el día anterior había visto a los parientes de Madrid…El hecho es que aquella misma noche, al ir a salir del restaurante que te decía, vi un montón de revistas en un mostrador. Eran de la cadena de establecimientos donde habíamos cenado. Cogí una. Al llegar a casa, la abrí y en la primera hoja se me apareció una entrevista con un cocinero que, sí, ya te lo imaginas, se llamaba José María Gracia. ¿Qué piensas de todo esto?”

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Ya hace varios años de aquella confidencia de Ramón. Cuando me preguntó qué opinaba, le dije que nada que yo pudiera decir iba a aportar algo mejor a su experiencia. Hice bien. Casi sin darme cuenta le regalé mi silencio, que era lo mejor que yo podía ofrecerle. Él estaba viviendo una forma de presencia a la que no sabíamos qué nombre darle. Ni falta que hacía.

         Pero nunca he dejado de pensar en aquellas sincronías, en aquella firma con el nombre de su padre apareciendo en los momentos más oportunos y en los lugares más inesperados, en aquel diálogo imprevisible de aquí a allí, de allí a aquí, o en cómo ocurrió todo a la medida de mi amigo Ramón, es decir, sin ninguna teoría en que creer, sin médiums en quien confiar, sin ir en busca de tener una experiencia. Todo llegó por la vía del asombro, desnudo, sin conceptos, el único camino que él, desde siempre, estaba dispuesto a recorrer. Como el poeta Rilke aconsejaba en sus “Cartas a un joven poeta”:

         Hemos de aceptar nuestra existencia tan ampliamente como nos sea posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser posible. Esto es lo fundamental, el único valor que se nos exige: ser valientes ante lo más extraño, maravilloso e inexplicable que nos pueda acontecer. Que los seres humanos sean cobardes en este sentido, causa un daño infinito a la vida; las experiencias que llamamos “apariciones”, todo el llamado “mundo de los espíritus”, la muerte, todas estas cosas tan emparentadas con nosotros, hasta tal punto han sido expulsadas de la vida por un rechazo realizado día a día, que los sentidos con los que podríamos percibirlas, se han atrofiado.

         La Humanidad ha ido descubriendo más realidad en todas sus dimensiones. Hacia fuera, hacia el Universo, donde la mirada desfallece y se confunde, ha encontrado con el tiempo mundos interestelares de magnitudes inimaginables. Hacia dentro, hacia los constituyentes de la materia, del propio cuerpo, la pequeñez se ha revelado también desbordante. Un día se descubrió el átomo y se le puso ese nombre equivocado (lo no divisible). Otro día se supo que era divisible y había más en su interior. Electrones, neutrones y protones nos fueron confiando su enigmático comportamiento, hoy todavía en estudio. Nos queda una tercera dimensión esencial de la vida humana. La que tal vez espera cuando  nuestro cuerpo se estropea definitivamente. Algunos creen imposible avanzar en el conocimiento de esta tercera dimensión. Otros, no. Lo que parece cierto es que no hay respuestas si antes no hay preguntas.

         ¿Qué sabe Caronte de ese ir y venir de una a otra orilla? ¿Por qué no revela su secreto? ¿O sí lo hace en ocasiones?