martes, 12 de junio de 2012

Alguien tendría que ir a hablar con Andrómeda


Esta Andrómeda no es otra que la galaxia gigante y la razón de tener que ponerse en contacto con ella es que se nos está viniendo encima a una velocidad  espantosa. Es cierto que los periódicos nos llegan saturados de malas noticias, pero uno no acaba de entender los pocos comentarios que ha provocado esta reciente noticia, medalla de oro del apocalipsis: la galaxia de Andrómeda va directa hacia nuestra Vía Láctea, que, para acabarlo de arreglar, también se dirige hacia ella. Y ambas con una prisa enorme por chocar  de frente. Se desplazan a unos 400.000 Km. por hora. ¿Qué más se sabe del asunto?

         Seguramente estaremos de acuerdo en que cuando nos da por pasearnos por el Universo (siempre, por supuesto, desde una butaca en casa o en un planetárium) volvemos desolados por  lo inabarcable  que es el mundo de Buzz Lightyear, aquel personaje de “Toy Story” que gritaba un pensamiento filosófico cada vez que despegaba: “¡Hasta el infinito y más allá!”. Repasemos, si no, los datos de estas dos galaxias de rumbo enloquecido.

         Andrómeda está a 2’5 millones de años luz de nuestra Vía Láctea. ¿Alguien sabe cuánto es eso? Y contiene un billón de estrellas. El número no es exacto, ciertamente, pero ¿cuánto es un billón de cualquier cosa?  Si alguien quiere saber algo más de Andrómeda, que sepa que emite ondas de radio en la banda de los 158.8MHz. He aquí  la galaxia gigante de Andrómeda:

           
         Y ahora la Vía Láctea, en cuyo interior moramos los humanos, más concretamente en una región de ella, en el Sistema Solar, como bien sabemos. El diámetro de esta galaxia es de 100.000 años luz y contiene entre 200.000 y 400.000 millones de estrellas. Dos datos más improcesables para mentes como las nuestras, acostumbradas a desplazarse, como mucho, a 1.000 o 3.000Km., y a contar, también como mucho, en términos de 2 o quizá 20 millones, que es lo que en euros ganan nuestros admirados futbolistas de élite, y poca gente más. La densidad de estrellas es característica de la imagen de esta galaxia nuestra.


         Como decía al principio, las conclusiones de los astrofísicos que han estado observando el panorama con el telescopio espacial Hubble durante los últimos cinco años, son que el choque será frontal, que nacerá una nueva galaxia, suma de las masas de las dos, que el Sol saldrá despedido hacia un extremo del nuevo todo y que la gran mayoría de estrellas sobrevivirán, aunque ocuparán nuevas órbitas. No encuentro datos sobre el ruido que tal encontronazo cósmico pueda producir. ¿Se propagará el sonido inmenso? ¿Estará fuera del alcance del oído humano? Se trate de un estrépito indecible o de un silencio horripilante, lo cierto es que parece que ya hará mucho que el último  humano habrá cerrado la luz del último rincón de la Tierra. Y es que de la noticia aún nos falta lo más importante para nosotros: el tiempo.

         Seguramente los datos que han enfriado la avalancha de artículos, comentarios, tertulias y cartas al director, que tenían que haber explotado, sean los relativos al tiempo, aún no mencionados. Y es que el fenómeno arrasador va para largo. Este choque de galaxias se producirá dentro de 4.000 millones de años. Y eso a pesar de la velocidad de ahora mismo con que se mueven Andrómeda y Vía Láctea, la una hacia la otra. Así de lejos estamos. Así es el Universo. Falta tanto tiempo que, según afirman hoy los especialistas, de la vida en la Tierra  no quedará ni rastro. Quién sabe si un día cambiarán de opinión. El hecho es que falta mucho, sí, pero la cuenta atrás ya ha comenzado, diría una persona realista con los datos en la mano. Sin embargo, entre la alarma y la indiferencia, ¿cabe alguna otra actitud?

         Caben al menos dos, a mi parecer. Una es quedarse anonadado y hundido por este choque de magnitudes entre lo humano y lo intergaláctico. Nuestra pequeñez frente a lo gigantesco, tanto si se habla de distancias, de años o de estrellas. Es difícil no caer en la melancolía cuando, a primera vista, comparamos nuestra estatura con la del Universo. Queda muy bien reflejado este impacto en el rostro de un niño de la premiada película “Annie Hall” de Woody Allen. El protagonista evoca su niñez (difícil no pensar en la del propio Allen), el día que su madre le llevó al médico porque andaba siempre desmoralizado desde que había descubierto que  “EL Universo se expande y se expande…”


         Pero puede haber otra manera de contemplar el mundo. De contemplarlo más allá incluso de la descripción precisa y neutra  de la astrofísica. La historia que viene a continuación  es un ejemplo de lo que le puede suceder a un ser humano cuando se detiene, hondamente, ante lo que le supera. Frente a la inmensidad existe un poderoso lugar capaz de muchas cosas: la intimidad del ser humano. La mirada intensa del ser humano. El silencio del ser humano. La capacidad de darse cuenta del ser humano. A veces ocurre algo.

         Nació en un lugar de la Europa central en 1887 y falleció en 1961. Tenía gran talento para la ciencia, pero le interesaron  también la filosofía y el arte. Fue principalmente físico, pero hacia sus últimos años su indagación le llevó a interesarse por la biología. Todo esto y nada de esto tienen que ver con lo que le sucedió un día y que él mismo se encargó de anotar.

         Estaba sentado en un rincón de la alta montaña. Su vista le devolvía la majestuosidad de unos picos altísimos, coronado uno de ellos por un glaciar. Más abajo, rocas, pastos, zonas de árboles. A sus pies, un valle silencioso. Los últimos rayos del sol poniente teñían de rosa la visión, mientras el cielo azul, pálido, en pocas horas se habría apagado. Él contempla absorto el mundo así recortado, pero advierte que lo que todo ello le fue inspirando podía haberle pasado ante otra faceta del Universo.

 Cuanto ahora se le ofrece en la alta montaña está ahí desde hace  miles de años, sin apenas cambios. Él, en poco tiempo, habrá dejado de existir, y toda  esa naturaleza, se dice para sí mismo, seguirá ahí miles de años.

         ¿Qué es lo que me ha sacado de la nada de un modo tan repentino, a fin de gozar por tan poco rato de un espectáculo al que resulto absolutamente indiferente?

         Observa entonces que las condiciones que, remontándonos a los orígenes, le hicieron posible a él son las mismas que hicieron posible lo que ahora está contemplando. De hecho, posiblemente en ese mismo lugar que ahora ocupa él, estuvo hace cien años otro hombre, mirando, pensando. Como él. Con alegrías y penas, proyectos y dificultades. Como él. ¿Era alguien distinto a él? ¿No podía ser él mismo? ¿En qué consiste lo que llamamos yo? ¿Por qué quien ahora mira y reflexiona soy yo y no otro?, se dice a sí mismo. “Cuando objetivamente lo que hay en todos es la misma cosa, ¿ qué es lo que justifica que nos empeñemos tan obstinadamente en descubrir la diferencia entre mi propio yo y los demás?”

         No sabemos cuánto tiempo pasaría desde esta visión interior a la siguiente. Esa “unidad de  conocimiento, sentimiento y decisiones”, a la que llamamos yo, ¿podía haber surgido de la nada, unos pocos años antes, para, al cabo de un poco de tiempo más, volver a desaparecer?

         No. Le parece que no. Que esta “unidad de conocimiento  sentimientos y decisiones” es en lo esencial lo mismo en todos los seres humanos. Y es eterno. Y es inmutable. Así lo ve. Y alcanza al todo. Esa vida que él capta en sí mismo, detrás de sus circunstancias personales, está en esencia en todo. Y nuestro hombre se tumba ahora y nota su espalda sostenida por la Madre Tierra, y tiene la absoluta certeza “de ser una sola y misma cosa con ella y ella con nosotros”.

         Esta es la historia de un día en la vida de Erwin Schrödinger. De alguien que, dedicado a la investigación en Física, llegó a formular una ecuación de mecánica ondulatoria, llamada ecuación de Schrödinger, que resultó decisiva para el futuro de la mecánica cuántica. También el creador de aquella paradoja llamada el gato de Schrödinger, el único gato que podía estar vivo y muerto a la vez. Por sus contribuciones a los avances en Física le fue concedido el Premio Nobel en 1933. Posteriormente escribió un libro orientado hacia la Biología, “¿Qué es la vida?”, que tuvo repercusión en estudios posteriores de genética. El texto de esta historia forma parte de su libro “Mi  visión del mundo” y lo recoge Ken Wilber en “Cuestiones cuánticas”.


         La visión de Schrödinger que acabo de narrar, con la que bastantes buscadores de la realidad última estarían de acuerdo, no está aquí para ser promocionada como tal. Es sólo una muestra de la fuerza creativa de un ser humano. La inmensidad cósmica nos sobrecoge  pero no siempre nos paraliza. ¿Por qué  tenemos esa capacidad de avanzar en la comprensión de la realidad, la visible o la invisible? ¿Por qué podemos ir entendiendo la vida en la que hemos despertado? Podría haber una distorsión total entre mente humana y realidad externa. Y no parece que la haya. Es cierto que los avances son lentos. En el mismo terreno de la Física, la cautela de los más grandes es notable. “El logro más significativo de la Física del siglo XX es el reconocimiento de que no nos hemos puesto en contacto con la realidad última”, dijo en 1931 Sir James Jeans, eminente matemático, físico y astrónomo. Y el biólogo J.B.S.Haldane escribió: “La realidad no sólo es más extraña de cómo la concebimos, sino más extraña de cómo podamos concebirla”. Nada completamente definitivo, pues, pero ese reconocimiento de que no se sabe del todo es ya una forma de mostrar que hasta de lo aún desconocido se tiene cierta noción.

         Con esta capacidad de esclarecimiento puede contemplar el ser humano el fabuloso espectáculo  del cosmos. Y no como algo completamente ajeno, sino como la matriz a la que un hilo (¿esencial?) nos une. Todo y todos fruto de aquella gran explosión. Desde esta Vía Láctea en la que, solitarios o acompañados, habitamos y cuyo rumbo no sabemos controlar, habría que pensar en ir a hablar con Andrómeda para  que se replantee el estropicio galáctico al que se dirige. Pero, ¿dónde están los responsables de esta galaxia? ¿Dónde está su puente de mando, dónde su sala de máquinas?Otro físico de renombre, Sir Arthur Eddington, tuvo una intuición en cierto modo relacionada con esta descabellada propuesta: “Algo desconocido está haciendo no sabemos qué”. Quizá no tendríamos, pues, que dar por perdido el intento.

         Los seres humanos vivimos, por regla general, indiferentes al Universo en que hemos nacido y en el que viviremos hasta que nuestro cuerpo y el de todos los demás seres, queridos o no, se disuelvan. Y esta distracción nos sienta fatal. No es ni tan siquiera natural. Algo decisivo se nos tiene que estar escapando si no atendemos al gran país del que formamos parte: el Cosmos. Lentamente hemos ido  descubriendo que no somos seres aislados. Que, para empezar, familia y sociedad  nos influyen y nos necesitan. Lentamente vamos cayendo en la cuenta de que la Tierra no es un simple decorado de nuestras andanzas , sino otro ser vivo al que necesitamos y que nos necesita. ¿Por qué detener esta ampliación del campo de conciencia al llegar al techo de la atmósfera? ¿Qué pasaría si contemplar calladamente , hondamente, el Universo, varias veces a lo largo de cada vida, se convirtiera en una actividad considerada necesaria, indispensable? Una especie de valor humano, enriquecedor. Una parte del currículum escolar y de la formación permanente. Un patrimonio de la Humanidad.

         Aparte de que alguien pudiera dar con la forma de conectar con Andrómeda, cosa que también a mí se me antoja ahora muy difícil, creo que de esos “viajes” con la mirada intensa y un recogimiento casi sagrado algo nuevo nos llegaría del océano cósmico y su inagotable espectáculo de luces, distancias y movimiento incomprensible. Es probable que al acercarnos a su grandeza y a su inagotable acción, al intimar con su obstinada energía, con su sonido primordial, al que llamaríamos silencio, con sus proyectos indescifrables, al intimar con toda esa abundancia, a la que también pertenecemos, es posible, digo, que se nos fueran las ganas de unas cuantas cosas . De la bronca por la bronca o del exterminio del otro porque así lo quiero yo. Del gusto por la discusión, porque yo y los míos hemos de tener razón. De la pasividad, en cambio, ante la miseria o la violencia que no llegan a  discutir, pero que no se arreglan.

         Tal vez nos hace falta leer un poco ese libro abierto de infinitas páginas que científicos y contemplativos nos van poco a poco descifrando. Quizá ahí esté aguardando un secreto sin palabras, un aire  muy puro que puedan ir renovando la vida en este minúsculo rincón  del Universo inabarcable.

         Entonces, aunque nadie haya  podido hablar nunca con Andrómeda y lograr que recapacite, pudiera ser que cuando embistiera nuestra galaxia, al abordar la Tierra, encontrara un gran cartel, o muchos, que dijeran en un montón de lenguas:

                                    YA NO ESTAMOS AQUÍ,    
         PERO CONSEGUIMOS
              ENTENDER  MUCHAS COSAS.