martes, 3 de abril de 2012

Una mariposa en el coche de Murray Stein



Navegar por internet no debe de ser tan distinto de una improvisada excursión en metro por una ciudad con kilómetros de túneles. Te subes a un vagón en dirección norte y en cualquier momento te apeas, haces transbordo y ya vas dirección este, para al poco rato, volver a enlazar con otra línea que te lleva al sur o al oeste, o al fin del mundo. Y así indefinidamente, dando saltos en un mismo viaje: en una misma sesión.

         Es lo que nos ocurre cuando subimos a una página web y enlazamos con otra y con otra, a lomos de ratón, sin detenernos demasiado en ninguna, hasta que nos apeamos en aquélla que, de pronto, comprendemos que era nuestro destino desconocido. Y al llegar es muy posible que uno ya no recuerde por dónde ha ido haciendo transbordos. Sólo sabe que ha llegado la hora de quedarse quieto y poner más atención.

         Esto es lo que me ocurrió el día en que llegué a una estación llamada “Murray Stein”, en la que nunca me había bajado. No sé cómo empezó aquel viaje, pero al instante decidí tomarme el tiempo que hiciera falta. Valió la pena.

                                          
                                            
         Murray Stein es psicólogo, de la rama de los discípulos de Jung (este dato es importante, como se verá), escritor y conferenciante. Estudió en las universidades de Yale y Chicago, y  en el Instituto Carl G. Jung de Zurich. Ha sido Presidente de la Asociación Internacional de Psicoterapia Analítica. Dos de sus libros más conocidos son: “Principio de individuación” y el “Mapa del alma de Jung”. Ambos títulos están traducidos al castellano y no hacen más que confirmar la estrecha relación de este hombre con la obra de Jung. Es interesante saber cómo surgió este vínculo.

         A los 24 años Stein estudiaba Historia. La psicología no contaba apenas para él. Un día, a lo largo de una conversación sobre la propensión a la agresividad del género humano, alguien mencionó la teoría de la sombra de Jung .No sabía nada de él, por eso al día siguiente fue a una librería y sólo encontró un libro : “Recuerdos, sueños, pensamientos”, sus memorias. Y la vida de Murray Stein dio un giro definitivo:

         Desde que empecé a leer aquel libro,mi vida cambió definitivamente. Supe que la psicología de Jung era para mí.

         Creo que momentos como éste son escasos en nuestras vidas. Puede ser que en algunas ni lleguen a darse. Antoni Pascual (ver “Enlaces de interés”) los llamaba “sueño despierto” y muestran un momento de gran energía al descubrir un camino (una relación, una profesión, unos estudios, un lugar…) que se nos ofrece, casi como si nos estuviera esperando, y en el que deseamos con una convicción especial adentrarnos. Pese a las dificultades que a lo largo de ese camino se presentarán inevitablemente, es una experiencia que inyecta una fuerza y un sentido muy notables a nuestra existencia. Vuelvo a Stein después de esta digresión.

         A raíz del descubrimiento de Jung reorientó su formación. Estudió Psicología en Zurich y después en Chicago. Había en él la dimensión del sanador (su nueva profesión), pero también la del hombre de cultura (sus estudios iniciales). Y ésta era precisamente la combinación de la obra junguiana: mente y espíritu, ambas reunidas esencialmente en todo ser humano.

         Se convirtió, pues, en terapeuta y el vínculo con sus pacientes, a lo largo de muchos años, le fue confirmando que lo real discurre a menudo por la frontera de mundos distintos: el ego y el inconsciente; los hechos con causa conocida y los hechos sin causa aparente; la visión científica del mundo y la visión espiritual. Esta era su vida como analista junguiano.

         Y de ese límite de la realidad en que los hechos a veces nos desbordan, nos conmueven, nos piden amplitud si no queremos desperdiciarlos, Stein ha querido dejarnos unas historias de mariposas acaecidas en su propia vida. El mismo Murray Stein nos las va a contar.


                                       

Ella se llamaba Magda. Murió a los ochenta años. Los diez  precedentes iba siempre en silla de ruedas. Yo la visitaba en su casa algunas veces. En  los cinco años anteriores a esta situación, ella había acudido regularmente a mi consulta. Un día, cuando ya había perdido su capacidad de andar, me había dicho: “Cuando me muera y llegue al cielo, lo primero que haré será ponerme de pie y bailar”.

         Al funeral fui con mi esposa, y cuando conducía  de regreso noté que algo volaba y se removía en el cristal de la parte de atrás del coche. Ella se giró y dijo: “Es una mariposa”. Abrimos las ventanas para que se fuera, pero no se iba. Llegamos a casa casi de noche. Mi esposa intentó de nuevo que saliera del coche, pero el pequeño insecto marrón decidió quedarse  en la palma de su mano. Así  anduvimos por la calle, buscando la luz de las farolas para poder ver mejor a la mariposa. De repente, inició un vuelo, se posó en la acera y comenzó a bailar, enérgicamente, trazando círculos y saltando de uno a otro de nuestros pies.

         Ya hacía rato que llamábamos Magda  a nuestra mariposa.

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Esta otra mujer también se había analizado conmigo durante muchos años. Luchó contra un cáncer, con cierto éxito durante bastante tiempo, pero al final murió. En sus últimos años mantuvo una relación muy intensa con su psique. Sus sueños y su imaginación activa le habían proporcionado un gran coraje para asumir su muerte, y también la seguridad de estar siendo acompañada por una presencia que la confortaba mucho más que cualquier presencia humana. Ella había sido una de las personas más despiertas y vitales que yo había conocido.

         Dos semanas después del entierro, su hija me llamó para explicarme esta historia. Una amiga de toda la vida de su madre, que vivía en Suecia, la había telefoneado para decirle que acababa de recibir la carta en que le comunicaban el reciente fallecimiento de su amiga. Y sucedió que, cuando estaba sentada en su jardín, leyendo la carta, una preciosa mariposa se posó sobre el papel . Ella no entendía por qué había escogido precisamente un lugar tan minúsculo. Entonces la mariposa voló hasta su brazo y allí se quedó unos cuantos minutos más. De pronto, la mujer se dio cuenta de lo que estaba pasando: “¡Era tu madre, estoy segura!”, gritó a través del teléfono. “¡Tan alegre, tan bonita, tan viva! Igual que tu madre.”
         Y ciertamente estos eran los rasgos más característicos de aquella mujer tan especial.

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Cuando se toca y se comparte lo más hondo del ser humano, vemos que un cierto tipo de relación se va creando entre analista y analizando. Dos personas en un mismo espacio sutil y sagrado, lo cual va más allá de la habitual relación médico-paciente. Es un vínculo que une recíprocamente nuestros corazones y trasciende nuestros egos. Un lugar mágico donde no son raras las sincronías.